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TOTALITARISMO
una inteligencia superior como en la interpretación correcta de las fuerzas
esencialmente fiables existentes en la historia o en la naturaleza, fuerzas que
ni la derrota ni la ruina pueden revelar que son erróneas porque están desti
nadas a afirmarse por sí mismas a largo plazo22. Los líderes de masas en el po
der tienen una preocupación que domina a todas las consideraciones utilita
rias: la de lograr que sus predicciones lleguen a cumplirse. Los nazis no duda
ron en emplear, al final de la guerra, la concentrada fuerza de su organización
todavía intacta, para lograr una destrucción de Alemania, tan completa como
fuera posible, con objeto de hacer cierta su predicción de que el pueblo ale
mán quedaría arruinado en caso de derrota.
El efecto propagandístico de la infalibilidad, el sorprendente éxito de
presentarse como un simple agente interpretador de fuerzas previsibles, ha
fomentado en los dictadores totalitarios el hábito de anunciar sus intenciones
políticas bajo la forma de profecías. El más famoso ejemplo es el anuncio de
Hitler al Reichstag en enero de 1939: «Hoy quiero hacer una vez más una
profecía: en el caso de que los financieros judíos... lograran de nuevo arrastrar
a los pueblos a una guerra mundial, el resultado será... el aniquilamiento de
la raza judía en Europa»23. Traducido a un lenguaje no totalitario, esto signi
ficaba: «Quiero hacer la guerra y trato de matar a los judíos de Europa». Aná
logamente, Stalin, en el célebre discurso de 1930 ante el Comité Central del
partido comunista (en el que preparó la liquidación física de la derecha del par
tido y la de los desviacionístas de la izquierda), los describió como repre
sentantes de las «clases moribundas»24. Esta definición no solamente propor
cionaba al argumento su específica aspereza, sino que también anunciaba en
el estilo totalitario la destrucción física de aquellos cuya «agonía» había sido
precisamente profetizada. En ambos casos se logra el mismo objetivo: la
liquidación encaja en un proceso histórico en el que el hombre sólo hace o
sufre lo que según leyes inmutables tenía que suceder de cualquier manera.
Tan pronto como ha sido realizada la ejecución de las víctimas, la «profecía»
se convierte en una coartada retrospectiva: sólo ha sucedido lo que ya había
sido predicho25. Tanto da que las «leyes de la historia» señalen el «final» de las
22 Es obvio que ia dialéctica hegeliana proporcionaría un maravilloso instrumento para tener siem
pre razón porque permite la interpretación de todas las derrotas como el comienzo de la victoria.
Uno de los más bellos ejemplos de este tipo de sofismas se produjo después de 1933, cuando duran
te casi dos años los comunistas alemanes se negaron a reconocer que la victoria de Hitler había sido
una derrota para el partido comunista alemán.
23 Cita de Goebbels, The Goebbeb Diarios (1942-1943), ed. por Louis Lochner, Nueva York, 1948,
p. 148.
2Í Stalin, op. cit., loe. cit.
25 En un discurso pronunciado en septiembre de 1942, cuando el exterminio de los judíos se halla
ba en pleno auge, Hitler se refirió explícitamente a su discurso del 30 de enero de 1939 (publicado
