Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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SEGUNDA SECCIÓN

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contrario condenar al hombre al autodesprecio y a la aversión
interior.
Así pues, todo lo empírico es, como añadido al principio
de la moralidad, no sólo nada apto para ello, sino sumamente
perjudicial para la pureza misma de las costumbres, en las
cuales el valor auténtico y elevado por encima de todo precio
de una voluntad absolutamente pura consiste precisamente
en que el principio de la acción esté libre de todos los influjos
de fundamentos contingentes, que sólo la experiencia puede
proporcionar. Contra este descuido o, incluso, bajo modo de
pensar en la búsqueda del principio entre causas motoras y
leyes empíricas, no se puede dirigir demasiadas ni demasiado
frecuentes advertencias, puesto que la razón humana en su
cansancio gusta de reposar en esta almohada, y en el sueño
de dulces espejismos (que en vez de a Juno le hacen abrazar
a una nube) sustituye arteramente a la moralidad por un
bastardo hecho de miembros recosidos y de procedencia
enteramente distinta, que se parece a todo lo que se quiera
ver en él, sólo no a la virtud, para quien haya alcanzado a verla
alguna vez en su verdadera figura.*
La pregunta es, así pues, esta: ¿es una ley necesaria para
todos los seres racionales enjuiciar siempre sus acciones según
máximas de las que ellos mismos puedan querer que sirvan
como leyes universales? Si lo es, tiene que estar enlazada ya
(enteramente a priori) con el concepto de la voluntad de un
ser racional en general. Pero para descubrir esta conexión se
tiene que dar, por mucho que uno se resista, un paso más allá,
a saber, hacia la metafísica, aunque entrando en un territorio
de la misma que es distinto del de la filosofía especulativa,
a saber, en el de la metafísica de las costumbres. En una filo­
sofía práctica, en donde no tenemos que admitir fundamentos
de lo que sucede, sino leyes de lo que debe suceder, aunque
nunca suceda, esto es, leyes objetivamente prácticas: ahí no
necesitamos hacer investigación sobre los fundamentos
de por qué algo gusta o disgusta, sobre cómo el placer de la
mera sensación se distingue del gusto y si éste se distingue de
* Ver a la virtud en su auténtica figura no es otra cosa que presentar a la
moralidad desvestida de toda mezcla de lo sensible y de todo adorno espurio de la
recompensa o del amor propio. Cualquiera puede fácilmente percatarse, por medio
del más pequeño ensayo de su razón no enteramente echada a perder para toda
abstracción, de cuánto oscurece ella45entonces a todo lo restante que parece atractivo
a las inclinaciones.