Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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SEGUNDA SECCIÓN

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recreo y la reproducción, en una palabra, en el goce; sólo
que le es imposible querer que ésta38 se convierta en una
ley universal de la naturaleza, o que esté puesta en nosotros
como tal por instinto natural. Pues como ser racional
quiere necesariamente que se desarrollen en él todas las
facultades, porque le están dadas y le son útiles para todo
tipo de posibles propósitos.
Aún piensa un cuarto, a quien le va bien, pero sin embar­
go ve que otros (a quienes él bien podría ayudar) tienen que
luchar con grandes trabajos: ¿qué me importa? ¡sea cada
cual tan feliz como el cielo quiera o él pueda hacerse a sí
mismo, no le privaré de nada, e incluso ni siquiera le envi­
diaré, sólo que no tengo ganas de contribuir con nada a su
bienestar o a su socorro en la necesidad! Ahora bien, es
cierto que si tal modo de pensar se convirtiese en una ley
universal de la naturaleza, el género humano podría muy
bien subsistir, y sin duda todavía mejor que si todo el mundo
parlotea de compasión y benevolencia, e incluso en ocasio­
nes se aplica con celo a practicarlas, pero en cambio, en
cuanto puede, también engaña, vende el derecho de los
hombres o le hace quebranto de algún otro modo. Pero,
aunque es posible que según aquella máxima podría subsis­
tir bien una ley universal de la naturaleza, es sin embargo
imposible querer que un principio semejante valga en todas
partes como ley de la naturaleza. Pues una voluntad que
decidiese esto se contradiría a sí misma, ya que pueden
ocurrir algunos casos en los que39 necesita del amor y
compasión de otros, y en los que, por esa ley de la naturaleza
surgida de su propia voluntad, se sustraería a sí mismo toda
esperanza del socorro que desea.
Estos son por tanto algunos de los muchos deberes reales,
o al menos tenidos por nosotros como tales, cuya derivación
del aducido principio único salta claramente a la vista. Se tiene
que poder querer que una máxima de nuestra acción se con­
vierta en una ley universal: este es el canon del enjuiciamiento
moral de la misma40en general. Algunas acciones están cons­
tituidas de tal modo que su máxima ni siquiera puede ser
pensada sin contradicción como ley universal de la naturaleza,
y mucho menos se puede querer además que se convirtiese en
ella. En otras no podemos encontrar, ciertamente, esa imposi­
bilidad interna, pero es sin embargo imposible querer que su
máxima sea elevada a la universalidad de una ley de la natu­
raleza, porque una voluntad semejante se contradiría a sí