Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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SEGUNDA SECCIÓN

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así pues, no subsistiría como naturaleza, y por tanto es
imposible que aquella máxima se dé como ley universal de
la naturaleza, y por consiguiente contradice enteramente al
principio supremo de todo deber.
2) Otro se ve apremiado por la necesidad a tomar dinero
en préstamo. Bien sabe que no podrá pagar, pero ve también
que no se le prestará nada si no promete solemnemente
devolverlo en un tiempo determinado. Tiene ganas de hacer
una promesa semejante, pero todavía tiene la conciencia
suficiente para preguntarse: ¿no es ilícito y contrario al
deber salir de la necesidad de esa manera? En el supuesto
de que sin embargo lo decidiese, su máxima de la acción
rezaría así: cuando crea estar apurado de dinero, tomaré
dinero en préstamo y prometeré pagarlo, aunque sé que eso
no sucederá nunca. Este principio del amor propio o de la
propia conveniencia bien se puede quizá compaginar con
mi entero bienestar futuro, sólo que ahora la pregunta es:
¿es eso justo? Transformo pues la pretensión del amor pro­
pio en una ley universal y dispongo así la pregunta: qué
pasaría entonces si mi máxima se convirtiese en una ley
universal. Ahí veo en seguida que nunca puede valer como
una ley universal de la naturaleza ni concordar consigo
misma, sino que tiene que contradecirse necesariamente.
Pues la universalidad de una ley que diga que cada uno, tan
pronto como crea estar necesitado, puede prometer lo que
se le ocurra con la intención de no cumplirlo, haría imposi­
ble la promesa y el fin mismo que con ella se pudiera tener,
ya que nadie creería que le ha sido prometido algo, sino que
se reiría de toda manifestación semejante como de una
simulación inútil.
3) Un tercero encuentra en sí un talento que por medio
de algún cultivo podría hacerle un hombre útil en todo tipo
de respectos. Pero se ve en circunstancias cómodas, y
prefiere ir tras el placer a esforzarse en la ampliación y
mejora de sus felices disposiciones naturales. Con todo,
pregunta además si, aparte de la concordancia que su
máxima de descuidar sus dotes naturales tiene en sí misma
con su tendencia al recreo, concuerda también con lo que
se denomina deber. Ve entonces que, ciertamente, una
naturaleza puede subsistir todavía según una ley universal
semejante, aunque el hombre (del mismo modo que los
habitantes del mar del Sur) dejase oxidarse su talento y se
dedicase a emplear su vida meramente en la ociosidad, el