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SEGUNDA SECCIÓN
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5 de cuya realizabilidad incluso podría dudar mucho quien
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todo lo funda en la experiencia, estén sin embargo manda
das inexcusablemente por razón, y de que, por ejemplo, no
disminuya en nada el grado en que puede ser exigida a todo
hombre la sinceridad pura en la amistad aun cuando pudie
se no haber habido hasta ahora amigo sincero alguno,
porque este deber reside como deber en general, antes de
toda experiencia, en la idea de una razón que determina a
la voluntad por fundamentos a priori.
A esto se añade que, si no se quiere negar al concepto de
moralidad absolutamente toda verdad y referencia a un objeto
posible, no se puede poner en duda que su ley es de tan
extendida significación que tiene que valer no meramente
para los hombres, sino para todos los seres racionales en
general, no meramente bajo condiciones contingentes y con
excepciones, sino de modo absolutamente necesario: de esta
manera, es claro que ninguna experiencia puede dar ocasión
a inferir ni siquiera la posibilidad de esas leyes apodícticas.
Pues ¿con qué derecho podemos tributar un respeto irrestric
to, como prescripción universal para toda naturaleza racio
nal, a lo que quizá es válido sólo bajo las condiciones contin
gentes de la humanidad, y cómo leyes de la determinación de
nuestra voluntad van a ser tenidas por leyes de la determina
ción de la voluntad de un ser racional en general, y sólo como
tales también para la nuestra, si fuesen meramente empíricas
y no tomasen su origen, completamente a priori, de la razón
pura, pero práctica?
Tampoco se podría hacer a la moralidad más flaco servi
cio que si se quisiese tomarla prestada de ejemplos. Pues
todo ejemplo que se me presente de ella tiene que ser él
mismo enjuiciado antes según principios de la moralidad
para saber si también es digno de servir de ejemplo origina
rio, esto es, de modelo, y de ninguna manera puede ser él
quien proporcione primero el concepto de la misma. Aun el
santo del Evangelio tiene que ser comparado previamente
con nuestro ideal de la perfección moral, antes de que le
reconozcamos como tal, y también dice él de sí mismo: ¿por
qué me llamáis bueno a mí (a quien veis)? Nadie es bueno
(el prototipo del bien), a no ser el Dios uno (a quien no veis).
Pero ¿de dónde recibimos el concepto de Dios como el bien
sumo? Exclusivamente de la idea que la razón bosqueja a
priori de la perfección moral y conecta inseparablemente
con el concepto de una voluntad libre. La imitación no se da
