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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
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al modo socrático, es decir, poniendo claramente de manifiesto la ignorancia del adversario, con todas las objeciones a la moralidad y a la religión. Pues siempre ha habido y
seguirá habiendo en el mundo alguna metafísica, pero con ella se encontrará también
una dialéctica de la razón pura que le es natural. El primero y más importante asunto de
la filosofía consiste, pues, en cortar, de una vez por todas, el perjudicial influjo de la
metafísica taponando la fuente de los errores.
A pesar de esta importante modificación en el campo de las ciencias y de la
pérdida que la razón especulativa ha de soportar en sus hasta ahora pretendidos dominios, queda en el mismo ventajoso estado en que estuvo siempre todo lo referente a los
intereses humanos en general y a la utilidad que el mundo extrajo hasta hoy de las enseñanzas de la razón. La pérdida afecta sólo al monopolio de las escuelas, no a los intereses de los hombres. Yo pregunto a los más inflexibles dogmáticos si, una vez abandonada la escuela, las demostraciones, sea de la pervivencia del alma tras la muerte a partir
de la demostración de la simplicidad de la sustancia, sea de la libertad de la voluntad
frente al mecanismo general por medio de las distinciones sutiles, pero impotentes, entre
necesidad práctica subjetiva y objetiva, sea de la existencia de Dios desde el concepto de
un ente realísimo (de la contingencia de lo mudable y de la necesidad de un primer
motor), han sido alguna vez capaces de llegar al gran público y ejercer la menor influencia en sus convicciones. Si, por el contrario, en lo que se refiere a la pervivencia del
alma, es únicamente la disposición natural, observable en cada hombre y consistente en
la imposibilidad de que las cosas temporales (en cuanto insuficientes respecto de las
potencialidades del destino entero del hombre) le satisfagan plenamente, lo que ha producido la esperanza de una vida futura; si, por lo que atañe a la libertad, la conciencia de
ésta se debe sólo a la clara exposición de las obligaciones en oposición a todas las exigencias de las inclinaciones; si, finalmente, en lo que afecta a la existencia de Dios, es
sólo el espléndido orden, la belleza y el cuidado que aparecen por doquier en la naturaleza lo que ha motivado la fe en un grande y sabio creador del mundo, convicciones las
tres que se extienden entre la gente en cuanto basadas en motivos racionales; si todo ello
es así, entonces estas posesiones no sólo continuarán sin obstáculos, sino que aumentarán su crédito cuando las escuelas aprendan, en un punto que afecta a los intereses
humanos en general, a no arrogarse un conocimiento más elevado y extenso que el tan
fácilmente alcanzable por la gran mayoría (para nosotros digna del mayor respeto) y,
consiguientemente, a limitarse a cultivar esas razones probatorias universalmente comprensibles y que, desde el punto de vista moral, son suficientes. La mencionada transformación sólo se refiere, pues, a las arrogantes pretensiones de las escuelas que quisieran seguir siendo en este terreno (como lo son, con razón, en otros muchos) los exclusivos conocedores y guardadores de unas verdades de las que no comunican a la gente
más que el uso, reservando para sí la clave (quod mecum nescit, solus vult scire vidert1).
Se atiende, no obstante, a una pretensión más razonable del filósofo especulativo. Este
sigue siendo el exclusivo depositario de una ciencia que es útil a la gente, aunque ésta no
lo sepa, a saber, la crítica de la razón. Esta crítica, en efecto, nunca puede convertirse en
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Lo que ignora conmigo pretende aparentar saberlo él solo (Versión del T.)
