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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
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órgano, es decir, de la razón pura. Este defecto hay que atribuirlo al modo de pensar
dogmático de su tiempo, más que a él mismo. Pero sobre tal modo de pensar, ni los
filósofos de su época ni los de todas las anteriores tienen derecho a hacerse reproches
mutuos. Quienes rechazan el método de Wolf y el proceder de la crítica de la tazón pura
a un tiempo no pueden intentar otra cosa que desentenderse de los grillos de la ciencia,
convertir el trabajo en juego, la certeza en opinión y la filosofía en filodoxia.
Por lo que a esta segunda edición se refiere, no he dejado pasar la oportunidad,
como es justo, de vencer, en lo posible, las dificultades y la oscuridad de las que hayan
podido derivarse los malentendidos que algunos hombres agudos han encontrado al
juzgar este libro, no sin culpa mía quizá. No he observado nada que cambiar en las
proposiciones y en sus demostraciones, así como en la forma y la completud del plan.
Ello se debe, por una parte, a que esta edición ha sido sometida a un prolijo examen
antes de presentarla1 al público y, por otra, al mismo carácter del asunto, es decir, a la
naturaleza de una razón pura especulativa. Esta posee una auténtica estructura en la que
todo es órgano, esto es, una estructura en la que el todo está al servicio de cada parte y
cada parte al servicio del todo. Por consiguiente, la más pequeña debilidad, sea una falta
(error) o un defecto, tiene que manifestarse ineludiblemente en el uso. Este sistema se
mantendrá inmodificado, según espero, en el futuro. No es la vanidad la que me inspira
tal confianza, sino simplemente la evidencia que ofrece el comprobar la igualdad de
resultado, tanto si se parte de los elementos más pequeños para llegar al todo de la razón
pura, como si se retrocede desde el todo (ya que también éste está dado por sí mismo a
través de la intención final en lo práctico) hacia cada parte. Pues el ‘mero intento de
modificar la parte más pequeña produce inmediatamente contradicciones, no sólo en el
sistema, sino en la razón humana en general. Ahora bien, queda mucho que hacer en la
exposición. En la presente edición, he intentado introducir correcciones que remediaran
el malentendido de la estética, especialmente el relativo al concepto de tiempo; la oscuridad en la deducción de los conceptos del entendimiento; la supuesta falta de evidencia
suficiente en las pruebas de los principios del entendimiento puro y, finalmente, la falsa
interpretación de los paralogismos introducidos en la psicología racional. Hasta aquí
únicamente (es decir, sólo hasta el final del primer capítulo de la dialéctica trascendental), se extienden mis modificaciones en el modo de exposición2k. En efecto, el tiempo
1
k
Leyendo, de acuerdo con Erdmann, sie en vez de es (N. del T.)
Sólo llamaría adición en sentido propio, aunque únicamente en el modo de demostrar, a
la efectuada en la págin [Véase p. 246 de esta edición (N. del T.)] con una nueva refutación del
idealismo psicológico y con una rigurosa demostración (la única que creo posible) de la realidad
objetiva de la intuición externa. Por muy inocente que se crea al idealismo respecto de los objetivos
esenciales de la metafísica (de hecho no lo es), sigue siendo un escándalo de la filosofía y del
entendimiento humano en general el tener que aceptar sólo por fe la existencia de las cosas exteriores a nosotros (a pesar de que de ellas extraemos todos el material para conocer, incluso para nuestro sentido interno) y el no saber contraponer una prueba satisfactoria a quien se le ocurra dudar de
tal existencia. Dado que en las expresiones de la prueba se hallan, desde la línea tres a la seis [Véase p. 247 de esta edición (N. del T.)], algunas oscuridades, ruego se modifique este período como
sigue: Pero ese algo permanente no puede ser una intuición en mi. Pues todos los fundamentos de
determinación de mi existencia que pueden hallarse en mí son representaciones y, como tales, ellas
