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KANT/CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA
era demasiado corto y, por lo que se refiere al resto, no he hallado ningún malentendido
de parte de los críticos competentes e imparciales. Aunque no puedo mencionar a éstos
elogiándolos como se merecen, reconocerán por sí mismos la atención que he prestado a
sus observaciones en los pasajes revisados. De cara al lector, sin embargo, esta corrección ha traído consigo una pequeña pérdida que no podía evitarse sin hacer el libro
mismas necesitan un algo permanente distinto de ellas, en relación con lo cual pueda determinarse
su cambio y, consiguientemente, mi existencia en el tiempo en que tales representaciones cambian.» Es probable que se diga contra esta demostración: sólo tengo conciencia inmediata de lo que
está en mí, es decir, de mi representación de las cosas externas. En consecuencia, queda todavía por
resolver si hay o no fuera de mí algo que corresponda a dicha representación. Pero sí tengo conciencia, por la experiencia interna, de mi existencia en el tiempo (y, consiguientemente, de la
determinabilidad de la misma en el tiempo). Lo cual, aunque es algo más que tener simplemente
conciencia de mi representación, es idéntico a la conciencia empírica de mi existencia, la cual sólo
es determinable en relación con algo que se halle ligado a mi existencia, pero que está fuera de mi.
Esta conciencia de mi existencia en el tiempo se halla, pues, idénticamente ligada a la conciencia de
una relación con algo exterior a mí. Lo que une inseparablemente lo exterior con mi sentido interno
es, pues, una experiencia y no una invención, es un sentido, no una imaginación. Pues el sentido
externo es ya en sí mismo relación de la intuición con algo real fuera de mí, y su realidad descansa
simplemente, a diferencia de lo que ocurre con la imaginación, en que el sentido se halla inseparablemente unido a la misma experiencia interna, como condición de posibilidad de ésta última, cosa
que sucede en este caso. Si en la representación «Yo soy», que acompaña todos mis juicios y actos
de entendimiento, pudiera ligar a la conciencia intelectual de mi existencia una simultánea determinación de mi existencia mediante una intuición intelectual, no se requeriría necesariamente que ésta
tuviera conciencia de una relación con algo exterior a mí. Ahora bien, aunque dicha intuición
intelectual es anterior, la intuición interna, única que puede determinar mi existencia, es sensible y
se halla ligada a la condición de tiempo. Pero esta determinación y, por tanto, la misma experiencia
interna, depende de algo permanente que no está en mí, de algo que, consiguientemente, está fuera
de mí y con lo cual me tengo que considerar en relación. Así, pues, la realidad del sentido externo
se halla necesariamente ligada a la del interno, si ha de ser posible la experiencia. Es decir, tengo
una certeza tan segura de que existen fuera de mí cosas que se relacionan con mi sentido como de
que yo mismo existo como determinado por el tiempo. Cuáles sean, en cambio, las intuiciones
dadas a las que correspondan objetos reales fuera de mí, las intuiciones, por tanto, que pertenezcan
al sentido externo, las que haya que atribuir a éste último y no a la imaginación, es algo que ha de
resolverse en cada caso de acuerdo con las reglas según las cuales distinguimos la experiencia en
general (incluso la interna) de la imaginación. Para ello se presupone siempre la proposición de que
se da realmente experiencia externa. Se puede objetar todavía que la representación de algo permanente en la existencia no es lo mismo que una representación permanente. Pues, aunque la primera
[Entiendo, de acuerdo con Wille, jene en lugar de diese (N. del T.)] puede ser muy transitoria y
variable, como todas las representaciones que poseemos, incluidas las de la materia, se refiere a
algo permanente, lo cual tiene, pues, que consistir en una cosa exterior y distinta de todas mis
representaciones. La existencia de esa cosa exterior queda necesariamente incluida en la determinación de mi propia existencia y constituye con ésta última una única experiencia, una experiencia
que no se daría, ni siquiera internamente, si no fuera, a la vez (parcialmente) externa. Cómo sea
esto posible no puede explicarse aquí más a fondo, al igual que no somos tampoco capaces de
aclarar cómo pensamos lo permanente en el tiempo, de cuya coexistencia con lo mudable surge el
concepto del cambio (Nota de Kant).
