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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
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primordial a impedir la violencia que los ciudadanos pueden temer unos de otros, a fin
de que cada uno pueda dedicarse a sus asuntos en paz y seguridad. En la parte analítica
de la crítica se demuestra: que el espacio y el tiempo son meras formas de la intuición
sensible, es decir, simples condiciones de la existencia de las cosas en cuanto fenómenos; que tampoco poseemos conceptos del entendimiento ni, por tanto, elementos para
conocer las cosas sino en la medida en que puede darse la intuición correspondiente a
tales conceptos; que, en consecuencia, no podemos conocer un objeto como cosa en sí
misma, sino en cuanto objeto de la intuición empírica, es decir, en cuanto fenómeno. De
ello se deduce que todo posible conocimiento especulativo de la razón se halla limitado
a los simples objetos de la experiencia. No obstante, hay que dejar siempre a salvo —y
ello ha de tenerse en cuenta— que, aunque no podemos conocer esos objetos como
cosas en sí mismas, sí ha de sernos posible, al menos, pensarlosk. De lo contrario, se
seguiría la absurda proposición de que habría fenómeno sin que nada se manifestara.
Supongamos ahora que no se ha hecho la distinción, establecida como necesaria en
nuestra crítica, entre cosas en cuanto objeto de experiencia y esas mismas cosas en
cuanto cosas en sí. En este caso habría que aplicar a todas las cosas, en cuanto causas
eficientes, el principio de causalidad y, consiguientemente, el mecanismo para determinarla. En consecuencia, no podríamos, sin incurrir en una evidente contradicción, decir
de un mismo ser, por ejemplo del alma humana, que su voluntad es libre y que, a la vez,
esa voluntad se halla sometida a la necesidad natural, es decir, que no es libre. En efecto,
se habría empleado en ambas proposiciones la palabra «alma» exactamente en el mismo
sentido, a saber, como cosa en general (como cosa en sí misma). Sin una crítica previa,
no podía emplearse de otra forma. Pero si la crítica no se ha equivocado al enseñarnos a
tomar el objeto en dos sentidos, a saber, como fenómeno y como cosa en sí; si la deducción de sus conceptos del entendimiento es correcta y, por consiguiente, el principio de
causalidad se aplica únicamente a las cosas en el primer sentido, es decir, en cuanto
objetos de la experiencia, sin que le estén sometidas, en cambio, esas mismas cosas en el
segundo sentido; si eso es así, entonces se considera la voluntad en su fenómeno (en las
acciones visibles) como necesariamente conforme a las leyes naturales y, en tal sentido,
como no libre, pero, por otra parte, esa misma voluntad es considerada como algo perteneciente a una cosa en sí misma y no sometida a dichas leyes, es decir, como libre, sin
que se dé por ello contradicción alguna. No puedo, es cierto, conocer mi alma desde este
último punto de vista por medio de la razón especulativa (y menos todavía por medio de
la observación empírica) ni puedo, por tanto, conocer la libertad como propiedad de un
ser al que atribuyo efectos en el mundo sensible. No puedo hacerlo porque debería
conocer dicho ser como determinado en su existencia y como no determinado en el
k
El conocimiento de un objeto implica el poder demostrar su posibilidad, sea porque la
experiencia testimonie su realidad, sea a priori, mediante la razón. Puedo, en cambio, pensar lo que
quiera, siempre que no me contradiga, es decir, siempre que mi concepto sea un pensamiento
posible, aunque no pueda responder de si, en el conjunto de todas las posibilidades, le corresponde
o no un objeto. Para conferir validez objetiva (posibilidad real, pues la anterior era simplemente
lógica) a este concepto, se requiere algo más. Ahora bien, .este algo más no tenemos por qué buscarlo precisamente en las fuentes del conocimiento teórico. Puede hallarse igualmente en las fuentes del conocimiento práctico (Nota de Kant).
