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PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN
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nos impulsa ineludiblemente a traspasar los límites de la experiencia y de todo fenómeno es lo incondicionado que la razón, necesaria y justificadamente, exige a todo lo que
de condicionado hay en las cosas en sí, reclamando de esta forma la serie completa de
las condiciones. Ahora bien, suponiendo que nuestro conocimiento empírico se rige por
los objetos en cuanto cosas en sí, se descubre que lo incondicionado no puede pensarse
sin contradicción; por el contrario, suponiendo que nuestra representación de las cosas,
tal como nos son dadas, no se rige por éstas en cuanto cosas en sí, sino que más bien
esos objetos, en cuanto fenómenos, se rigen por nuestra forma de representación, desaparece la contradicción. Si esto es así y si, por consiguiente, se descubre que lo incondicionado no debe hallarse en las cosas en cuanto las conocemos (en cuanto nos son
dadas), pero sí, en cambio, en las cosas en cuanto no las conocemos, en cuanto cosas en
sí, entonces se pone de manifiesto que lo que al comienzo admitíamos a título de ensayo
se halla justificado kk. Nos queda aún por intentar, después de haber sido negado a la
razón especulativa todo avance en el terreno suprasensible, si no se encuentran datos en
su conocimiento práctico para determinar aquel concepto racional y trascendente de lo
incondicionado y sobrepasar, de ese modo, según el deseo de la metafísica, los límites
de toda experiencia posible con nuestro conocimiento a priori, aunque sólo desde un
punto de vista práctico. Con este procedimiento la razón especulativa siempre nos ha
dejado, al menos, sitio para tal ampliación, aunque tuviera que ser vacío. Tenemos, pues,
libertad para llenarlo. Estamos incluso invitados por la razón a hacerlo, si podemos, con
sus datos prácticosk.
Esa tentativa de transformar el procedimiento hasta ahora empleado por la metafísica, efectuando en ella una completa revolución de acuerdo con el ejemplo de los
geómetras y los físicos, constituye la tarea de esta crítica de la razón pura especulativa.
Es un tratado sobre el método, no un sistema sobre la ciencia misma. Traza, sin embargo, el perfil entero de ésta, tanto respecto de sus límites como respecto de toda su articukk
Tal experimento de la razón pura se parece bastante al que a veces efectúan los químicos
bajo el nombre de ensayo de reducción y, de ordinario, bajo el nombre de procedimiento sintético.
El análisis del metafísico separa el conocimiento puro a priori en dos elementos muy heterogéneos:
el de las cosas en cuanto fenómenos y el de las cosas en sí mismas. Por su parte, la dialéctica los
enlaza de nuevo, a fin de que estén en consonancia con la necesaria idea racional de lo incondicionado, y descubre que tal consonancia no se produce jamás sino a partir de dicha distinción, que es,
por tanto, la verdadera (Nota de Kant).
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Las leyes centrales de los movimientos de los cuerpos celestes proporcionan así completa
certeza a lo que Copérnico tomó, inicialmente, como simple hipótesis, y demostraron, a la vez, la
fuerza invisible que liga la estructura del universo (la atracción newtoniana). Esta atracción hubiera
permanecido para siempre sin descubrir si Copérnico no se hubiese .atrevido a buscar, de modo
opuesto a los sentidos, pero verdadero, los movimientos observados, no en los objetos del cielo,
sino en su espectador. Por mi parte, presento igualmente en este prólogo la transformación de este
pensamiento —que es análoga a la hipótesis mencionada— expuesta en la crítica como mera hipótesis. No obstante, con el solo fin de destacar los primeros ensayos de dicha transformación, ensayos que son siempre hipotéticos, dicha hipótesis queda demostrada en el tratado mismo, no según
su carácter de hipótesis, sino apodícticamente, partiendo de la naturaleza de nuestras representaciones de espacio y tiempo y de los conceptos elementales del entendimiento (Nota de Kant).
