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KANT/CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA
dos cosas: o bien los conceptos por medio de los cuales efectúo esta determinación se
rigen también por el objeto, y entonces me encuentro, una vez más, con el mismo embarazo sobre la manera de saber de él algo a priori; o bien supongo que los objetos o, lo
que es lo mismo, la experiencia, única fuente de su conocimiento (en cuanto objetos
dados), se rige por tales conceptos. En este segundo caso veo en seguida una explicación
más fácil, dado que la misma experiencia constituye un tipo de conocimiento que requiere entendimiento y éste posee unas reglas que yo debo suponer en mí ya antes de
que los objetos me sean dados, es decir, reglas a priori. Estas reglas se expresan en
conceptos a priori a los que, por tanto, se conforman necesariamente todos los objetos
de la experiencia y con los que deben concordar. Por lo que se refiere a los objetos que
son meramente pensados por la razón —y, además, como necesarios—, pero que no
pueden ser dados (al menos tal como la razón los piensa) en la experiencia, digamos que
las tentativas para pensarlos (pues, desde luego, tiene que Sjer posible pensarlos) proporcionarán una magnífica piedra de toque de lo que consideramos el nuevo método del
pensamiento, a saber, que sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos
ponemos en ellask.
Este ensayo obtiene el resultado apetecido y promete a la primera parte de la metafísica el camino seguro de la ciencia, dado que esa primera parte se ocupa de conceptos a priori cuyos objetos correspondientes pueden darse en la experiencia adecuada. En
efecto, según dicha transformación del pensamiento, se puede explicar muy bien la
posibilidad de un conocimiento a priori y, más todavía, se pueden proporcionar pruebas
satisfactorias a las leyes que sirven de base a priori de la naturaleza, entendida ésta
como compendio de los objetos de la experiencia. Ambas cosas eran imposibles en el
tipo de procedimiento empleado hasta ahora. Sin embargo, de la deducción de nuestra
capacidad de conocer a priori en la primera parte de la metafísica se sigue un resultado
extraño y, al parecer, muy perjudicial para el objetivo entero de la misma, el objetivo del
que se ocupa la segunda parte. Este resultado consiste en que, con dicha capacidad,
jamás podemos traspasar la frontera de la experiencia posible, cosa que constituye precisamente la tarea más esencial de esa ciencia. Pero en ello mismo reside la prueba indirecta de la verdad del resultado de aquella primera apreciación de nuestro conocimiento
racional a priori, a saber, que éste sólo se refiere a fenómenos y que deja, en cambio, la
cosa en sí como no conocida por nosotros, a pesar de ser real por sí misma. Pues lo que
k
Este método, tomado del que usa el físico, consiste, pues, en buscar los elementos de la
razón pura en lo que puede confirmarse o refutarse mediante un experimento. Ahora bien, para
examinar las proposiciones de la razón pura, especialmente las que se aventuran más allá de todos
los límites de la experiencia posible, no puede efectuarse ningún experimento con sus objetos (al
modo de la física). Por consiguiente, tal experimento con conceptos y principios supuestos a priori
sólo será factible si podemos adoptar dos puntos de vista diferentes: por una /^reorganizándolos de
forma que tales objetos puedan ser considerados como objetos de los sentidos y de la razón, como
objetos relativos a la experiencía; por otra, como objetos meramente pensados, como objetos de una
razón aislada y que intenta sobrepasar todos los límites de la experiencia. Si descubrimos que,
adoptando este doble punto de vista, se produce el acuerdo con el principio de la razón pura y que,
en cambio, surge un inevitable conflicto de la razón consigo misma cuando adoptamos un solo
punto de vista, entonces es el experimento el que decide si es correcta tal distinción (Nota de Kant).
