Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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KANT/CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA

tiempo (lo cual es imposible, al no poder apoyar mi concepto en ninguna intuición).
Pero sí puedo, en cambio, concebir la libertad; es decir, su representación no encierra en
sí contradicción ninguna si se admite nuestra distinción crítica entre los dos tipos de
representación (sensible e intelectual) y la limitación que tal distinción implica en los
conceptos puros del entendimiento, así como también, lógicamente, en los principios
que de ellos derivan. Supongamos ahora que la moral presupone necesariamente la
libertad (en el más estricto sentido) como propiedad de nuestra voluntad, por introducir
a priori, como datos de la razón, principios prácticos originarios que residen en ella y
que serían absolutamente imposibles de no presuponerse la libertad. Supongamos también que la razón especulativa ha demostrado que la libertad no puede pensarse. En este
caso, aquella suposición referente a la moral tiene que ceder necesariamente ante esta
otra, cuyo opuesto encierra una evidente contradicción. Por consiguiente, la libertad, y
con ella la moralidad (puesto que lo contrario de ésta no implica contradicción alguna,
si-no hemos supuesto de antemano la libertad) tendrían que abandonar su puesto en
favor del mecanismo de la naturaleza. Ahora bien, la moral no requiere sino que la
libertad no se contradiga a sí misma, que sea al menos pensable sin necesidad de examen más hondo y que, por consiguiente, no ponga obstáculos al mecanismo natural del
mismo acto (considerado desde otro punto de vista). Teniendo en cuenta estos requisitos, tanto la doctrina de la moralidad como la de la naturaleza mantienen sus posiciones,
cosa que no hubiera sido posible si la crítica no nos hubiese enseñado previamente
nuestra inevitable ignorancia respecto de las cosas en sí mismas ni hubiera limitado
nuestras posibilidades de conocimiento teórico a los simples fenómenos. Esta misma
explicación sobre la positiva utilidad de los principios críticos de la razón pura puede
ponerse de manifiesto respecto de los conceptos de Dios y de la naturaleza simple de
nuestra alma. Sin embargo, no lo voy a hacer aquí por razones de brevedad. Ni siquiera
puedo, pues, aceptar a Dios, la libertad y la inmortalidad en apoyo del necesario uso
práctico de mi razón sin quitar, a la vez, a la razón especulativa su pretensión de conocimientos exagerados. Pues ésta última tiene que servirse, para llegar a tales conocimientos, de unos principios que no abarcan realmente más que los objetos de experiencia posible. Por ello, cuando, a pesar de todo, se los aplica a algo que no puede ser objeto de experiencia, de hecho convierten ese algo en fenómeno y hacen así imposible toda
extensión práctica de la razón pura. Tuve, pues, que suprimir el saber para dejar sitio a
la. fe, y el dogmatismo de la metafísica, es decir, el prejuicio de que se puede avanzar en
ella sin una crítica de la razón pura, constituye la verdadera fuente de toda incredulidad,
siempre muy dogmática, que se opone a la moralidad. Aunque no es, pues, muy difícil
legar a la posteridad una metafísica sistemática, concebida de acuerdo con la crítica de la
razón pura, sí constituye un regalo nada desdeñable. Repárese simplemente en la cultura
de la razón avanzando sobre el camino seguro de la ciencia en general en comparación
con su gratuito andar a tientas y con su irreflexivo vagabundeo cuando prescinde de la
crítica. O bien obsérvese cómo emplea mejor el tiempo una juventud deseosa de saber,
una juventud que recibe del dogmatismo ordinario tan numerosos y tempranos estímulos, sea para sutilizar cómodamente sobre cosas de las que nada entiende y de las que
nunca —ni ella ni nadie— entenderá nada, sea incluso para tratar de descubrir nuevos
pensamientos y opiniones y para descuidar así el aprendizaje de las ciencias rigurosas.
Pero considérese, sobre todo, el inapreciable interés que tiene el terminar para siempre,