RACISMO NÓRDICO COMPRIMIDO (2) (2).pdf

Vista previa de texto
entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez,
considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte,
norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como a
los recién llegados. Es más, sentían muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los
vecinos del otro lado del Estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes.
Probablemente, la masa popular española se sintió mucho más a gusto gobernada por los moros que
dominada por los germanos. Esto fue el principio de la Reconquista; al final, no hay ni que hablar.
Después de seiscientos, de setecientos, de casi (en algunos sitios) ochocientos años de convivencia, la
fusión de sangre y usos entre aborígenes y beréberes era indestructible; mientras que la compenetración
entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo,
rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial...
3. En esquema ―abstracción hecha de los mil Acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos
étnicos removidos durante ochocientos años―, la monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la
restauración de la monarquía gótico-española, católico-europea, destronada en el siglo VIII... Por otra
parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el norte de Castilla, habían
sido germanizadas sin solución de continuidad, durante mil años… sin contar con que su afinidad étnica
con el norte de África era mucho menor que la de las gentes del sur y levante. La unidad nacional bajo
los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico,
germánico, de toda la Reconquista, y la culminación de la obra de germanización social y económica de
España…
6. Tras de las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser,
sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de
todo el aparato monárquico, religioso, aristocrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la
europeidad de España. Desde luego, la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción
representa el desquite de la Reconquista, es decir, la nueva invasión beréber. Volveremos a lo
indiferenciado. Probablemente, se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida.
Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la
tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre.
Desde luego, se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será
pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la
cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces
diluida en el fondo humano superviviente. La masa, que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino
beréber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba a Europa>>.
Los autores dieciochescos y decimonónicos sentaron las bases raciales del nacionalsocialismo. Los
ideólogos nazis no aportaron nuevas teorías a las ya existentes, limitándose únicamente en repetir de
manera obsesiva las doctrinas anteriores y aplicarlas en la práctica. Autores como Alfred Rosenberg o
Hans K. Günther (Rasse und still. Munich, 1926) no supusieron ninguna reformulación para la
antropología racista germánica. Günther, antropólogo del III-Reich, pretendió demostrar la supuesta
superioridad de la raza <<aria>> en base a la medición de cráneos y al establecimiento de índices
cefálicos, ángulos y diámetros. Durante el período hitleriano, las facultades de antropología alemanas
mostraban esqueletos comparativos de <<arios>> y hebreos (escogidos entre individuos enfermos y
ancianos en los campos de exterminio) en los que presuntamente se probaba de manera científica la
inferioridad de estos últimos.
El delirio racista rubio germánico fue expresado por Adolf Hitler continuamente. Así, en un discurso
pronunciado en Munich en 1919 afirma:
<<En los incomparables desiertos de hielo del norte, una raza de gigantes de estatura y salud había
crecido en pureza étnica… Esa raza, que llamamos aria, fue, en efecto, la organizadora de las más
grandes culturas de la humanidad. Sabemos que Egipto alcanzó su alto nivel de cultura gracias a los
inmigrantes arios, como lo hicieron Grecia y Persia. Los inmigrantes arios eran rubios, de ojos azules, y
