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Villa Gesell, 2021
Un día me largué por los caminos y para no ser un vago, llevé conmigo los baleros y mi
habilidad, este es un juego abierto, diáfano, que le sirve a los hombres para que se inunden de
alegría, y en las alegrías se encuentra algo de la libertad que todos necesitamos. Esa sensación
que te crece desde adentro, es tuya y podés guardarla o soltarla. En fin, no quiero ser un
pesado. Sé que algún día, de esos en que regreso a buscar más baleros, quizás no vuelva a
partir, quizás me quede en la carpintería. Sabe, mi padre y mis tíos se están poniendo viejos y
alguien tiene que continuarlos”.
Se detuvo y guardó silencio. Salinas solo atinó también al silencio, conmovido. Así quedaron un
rato largo.
Más tarde sirvió dos copitas de mistela. Saturnino se mojó los labios y quiso continuar.
“Ahora estos hombres pálidos, funcionarios disfuncionales, quieren oficializar el fervor,
quitárselo a los fervorosos. Y pretenden, cuan equivocados están, que yo sea un cómplice,
pasivo.
Como buen peregrino bohemio, elijo el momento de las partidas. El rumbo se lo dejo a la rosa
de los vientos que me acompaña desde que emprendí viaje”.
Eduardo pensó que tenía un algo de místico, pero mucho, mucho más de la sinceridad de un
hombre honesto, sensible.
Era la noche entrada, la luna del tragaluz descendía sobre la mesa de la librería, salieron a la
calle, doña Juana le dio un beso, encendió el motor del micro, al cual ya se había subido
Salinas, y marcharon juntos hasta la puerta de su casa.
Descendieron, Eduardo lo abrazó en silencio, sin decir las palabras que sobran. Volvió a subirse
al viejo Isotta Fraschini y como llegó continuó el camino. Solo.
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