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Villa Gesell, 2021
-Creo que no-. El creo abría una esperanza.
-Sabés que no le gusta este tipo de películas- dijo Matilde, su mujer, clausurando la esperanza,
con ese tono que usan las madres para disculpar, a sus hijos, y algunas veces a los hijos de
otros.
-Un comienzo con carbónico- pensó.
La película, inflexible al tiempo de los espectadores, había avanzado lo suficiente para ocultarle
el título.
El martes fue a devolver el dvd. En el camino le pareció ver a los mismos jubilados de ayer
hablando a los gritos, los miró inclinando la cabeza en un tanteo de saludo acompañado de un
tímido buenas tardes. Dos fracasos. No lo saludaron y el videoclub estaba cerrado.
-Es raro, pero puede ser- sentenció Matilde mientras se encontraba con el cansancio de la
medianoche.
-Federico, por favor, devolvelo mañana. Ya está pago-. Se metió en la cama y agotó el martes.
El miércoles, mientras viajaba en subte, sintió sobre los hombros una mirada anónima; ésta,
como la que imaginaba algún día traería el demonio a su vida, se posaba sin peso y sin
dirección, difícil saber de dónde venía. Resistió voltear la cabeza y buscarla. Demasiada gente
en el vagón y además cómo distinguirla.
Cuando la puerta se cerró, desde el andén le pareció ver una cara conocida que sonreía.
Tropezó con el primer escalón, salió del letargo, -es el sueño de la mañana- se dijo, y encaró
marcial el resto de la escalera.
Cenaron huevo frito con arroz blanco. Disentía con los que la llamaban una comida sencilla.
Los dos huevos tenían un sabor profundo, levemente salado, y entraba el pan con alegría en
la yema bien roja. Matilde siempre conseguía esos huevos de gallina criada a maíz, y rallaba el
queso justo antes de servirlo. Embargado de la alegría que se puede encontrar en lo nimio, no
prestó demasiada atención cuando Federico le dijo que el video club seguía cerrado.
Los viernes, desde casi tres años atrás, tomaba su discutida y nocturna clase de francés.
El sábado fue un día intenso de investigaciones. Amaneció gris, siguió negro en resultados, a
la noche llovió. El final del otoño dejaba escasas horas de luz. Temprano caminó decidido las
dos cuadras hasta el video club. Estaba cerrado.
Le preguntó a un jubilado que parecía haber amanecido atornillado a su silla en la puerta de la
casa vecina:
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