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Villa Gesell, 2021
-No puede ser- bajó la voz, -todos los vecinos dicen que el video cerró, hace unos días, y nadie
sabe donde vive el dueño.
Dos meses después, Matilde penaba por no haber descubierto que ese instante fue el comienzo
de la obsesión.
-Te digo Matilde que hay algo que no encaja- y le siguió argumentando mientras tomaban mate,
– si iba a cerrar el martes para que me aceptó como socio el lunes, si surgió un imprevisto,
alguien de su familia podría poner una nota aunque más no fuera en la cortina explicando cómo
devolver las películas. Los vecinos lo conocen poco, hay algo, Matilde, que no encaja.
Matilde mientras cambiaba la yerba le comentó con el estilo austero de siempre:
-Alguna clave tuvo que dejar, en las películas de suspenso nunca faltan.
-Sí, sí tenés razón- y apuró el mate.
Tocado por la iniciativa de Matilde juntó los pocos elementos que poseía, las pruebas como él
gustaba llamarlas. El carné de socio y el dvd. Era poco pero si algún enlace, algún rastro le
quisieron dejar era suficiente. No razonó sobre la inexistencia de la clave quizás para evitar el
viejo, el infantil temor por la nada. Además era casi tonto pensar que en un mundo de claves
aquí no merodeaba alguna.
Mirando el carné, lo atrapó casi de inmediato un sobresalto cuando el número de socio se le
apareció como algo distinto, con ese significado que trasciende al objeto. En 315 terminaba el
número de su casa.
Tenía valor o era mera coincidencia. A veces la trampa estaba allí, en volver a la clave tan
obvia, que en un gesto de soberbia todos la desechaban por elemental.
Si la mandaba el destino era solo una huella, porque las señales las deja alguien para otro, dos
que pueden entenderse.
Cómo podía conocer el dueño del video club el número de su casa. Retornó al anochecer del
lunes, reconstruyó la escena: primero le dio el número de socio y después él completó la ficha.
Imposible que lo supiera.
No quiso perderla pero decidió seguir la búsqueda. Esa noche se sentó en el sillón del estar, su
preferido, el que empezaba a tener memoria de su cuerpo. El farol del jardín con su lámpara
amarilla iluminaba como un sol la ventana, las cortinas solo permitían pasar esos pequeños
quiebres de luz que hacen de la oscuridad la penumbra.
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