5 cuentos largos.pdf


Vista previa del archivo PDF 5-cuentos-largos.pdf


Página 1...10 11 12131456

Vista previa de texto


5 cuentos largos / Alberto Naso

-Buen día, sabe usted a qué hora abre el video club-. Y señaló hacia el local de la derecha, por
si el hombre no lo tenía en claro o quizás porque él tampoco estaba seguro, después de ver las
cortinas metálicas, amarillas y desteñidas, bajas.
-Hace cuatro días que está cerrado- dijo el jubilado después de tomarse un tiempo para girar la
cabeza y contemplar el lugar.
Su voz sonó a sentencia, inapelable, pero no podía aceptarla simplemente porque la copia era
alquilada y además (lo decía en los títulos del comienzo) el no poseía derechos para copiarla,
exhibirla, y otros improcedentes que prohibía la ley. Tampoco la había comprado.
Este jubilado –pensó- o hace varios días que no sale a la puerta o vive distraído o está
disgustado con el dueño del video club.
Enfrente, una señora de unos sesenta años, voluminosa, escoba en mano desgastaba una
sufrida vereda, mientras de una manguera verde un hilo de agua mojaba con pereza las
baldosas.
Esta sí –se convenció-. Y cruzó a su encuentro. Ya ni siquiera dijo el buen día de introducción.
-Me podría decir por favor a qué hora abre el video club- inquirió meloso. Y aclaró – el de
enfrente.
La mujer detuvo la escoba y ansiosa por hablar con alguien, le confesó:
- Hace varios días que no abre, y estoy segura porque todas las mañanas a la misma hora barro
la vereda, soy muy metódica, sabe, y antes cuando yo barría él abría, pero siempre fue un
hombre raro, mi marido me dijo es raro, mejor no nos hagamos socios. Y a decir verdad nunca
tuvo demasiados socios...
En ese momento sintió que el agua, libre de los escobazos se amontonaba en el pozo de la
vereda donde se había parado. Maldijo al pozo y a la mujer que no barría y lo miraba.
-Gracias señora- le dijo sonriente aunque su voz sonaba irritada o seca, no supo bien.
Caminó desconcertado por la cuadra buscando algún vecino que le informara a qué hora abría
el maldito video club.
-No puede ser. No puede ser- gritó.
Matilde lo miró extrañada; estaba de pie junto a la puerta por donde recién había entrado, los
hombros con una curva hacia abajo que nunca le había visto, y al final de los brazos caídos, en
una de las manos aferraba el dvd.

11