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5 cuentos largos / Alberto Naso

La segunda hora era teoría y práctica de las fantasías.
El ya conocido “tintero”. El acompasado “reloj de péndulo”. La inquietante “puñalada”. Y la
revuelta “catorce provincias”, esta quedó de la época que en Argentina las provincias eran
catorce.
Al final de la clase entregaba un folleto díptico con diagramas y explicaciones sobre cada tiro.
Pasado un mes, más de quinientas personas practicaban balero y Saturnino agotó los que tenía
en venta. Aún los seleccionados, de maderas pesadas, hilos de torsión cuidada para que no
girara la bocha, y algunos con una hilera de tachas en derredor del agujero para facilitar, como
un embudo, el emboque.
En la carpintería del pueblo se pusieron prestos a fabricar baleros, con regocijo de Saturnino a
quien le importaba que la gente jugara.
Era la tarde de un lunes con el color del otoño. Saturnino, por cierto sorprendido, le narró a
Eduardo que hoy a la mañana cuando estaba en el bar El Molino tomando un café, el secretario
de cultura y el secretario de deportes, a quienes no conocía, le pidieron, amables, sentarse a
su mesa, y le contaron que dado el problema de la espontaneidad tenían pensado organizar
algún domingo cercano una gran fiesta para declarar al juego del balero de interés municipal.
Y que su presencia en ese evento era de singular importancia. Y que concurriría el intendente.
Y que habría un concurso de balero, con premios.
Cuando se fueron corroboró con el mozo si esos dos eran quienes dijeron ser. Y obtuvo un sí.
-¿El problema de la espontaneidad? – se pregunto reflexivo Eduardo. –
-¿Y usted que piensa Saturnino? Saturnino se sentó delante del escritorio, y por primera vez le sincero a Eduardo, que con la
prudencia que adornaba su carácter nunca se lo había preguntado, la razón de su vida errante.
“Mi padre y mis tíos paternos son carpinteros y tienen una carpintería. Ellos hacen las bochas
y los mangos de los baleros. Son hombres de pausas y tiempos elegidos, se dicen libres
pensadores, y por cierto que no comulgan con quienes quieren cercar las ideas. Para las
estructuras de poder que merodean en todos los niveles de la vida, son unos anarquistas.
Desde chico me crié entre las maderas y sus pensamientos, y me imaginé libre como los pájaros
sin jaulas; en esa carpintería nunca se hizo una jaula.

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