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5 cuentos largos / Alberto Naso
Saturnino confirmó su premonición de que se llevaría bien con Salinas.
En el viaje Eduardo le preguntó si jugaba al fútbol, y cuando llegaron lo presentó como un
nuevo jugador, posponiendo el requerimiento que advertía en las miradas, sonrientes algunas,
otras casi burlonas, sobre la presencia de ese raro micro ahora estacionado entre las bicicletas.
El gancho Julio que llegó después, entró preguntando a quién se le ocurrió venir en micro al
club, ante el silencio de las miradas se sentó callado, y para zafar pidió un café con leche y dos
medialunas, agregando extrañeza a la situación porque él nunca hacía ese pedido. Orestes, el
cantinero, entendió la circunstancia, y no le sirvió nada.
Armaron dos equipos, y Saturnino, que quedó para el final, terminó compañero de el gancho.
Ganaron dos a cero, con dos goles de Saturnino, y concluido el partido el gancho se abrazó con
él.
Eduardo sintió que lo habían aceptado. Ahora sería más fácil que Saturnino contara su historia
del balero y la propia, que entendía eran una unicidad. Pero lo dejaron para después del asado,
que al goleador no le permitieron pagar.
El domingo pasada la hora de la siesta empezaron a llegar al club los ansiosos por jugar al
balero, curioso, pero traían a esposas o novias la mayoría de las cuales solían no acercarse a
ese club de hombres. Y por supuesto a sus hijos.
Como el clima lo ameritaba sacaron dos mesas al pasto y ayudaron a poner encima dos
pesadas cajas, llenas de baleros, que trajeron del micro.
Saturnino se puso a jugar y sembró los rostros de asombro mientras embocaba sin fallas, un
tiro detrás de otro tiro, cuando llegó a treinta la tensión de la gente no aguantó más, y se quebró
en aplausos.
Aparecieron entonces, espontáneos, algunos que desempolvaron viejos baleros de la infancia,
y en el aire sonó un ruido a choque de maderas mientras intentaban tomarle la mano después
de tantos años.
Brotaron las risas y las chanzas, y las frases de estímulo, y se sintió una voz chillona por encima
del ruido ambiente: mirá como juega mi papá.
Entonces Saturnino ofreció prestarles, a los que se animaran, los baleros de las cajas que
habían bajado del micro.
- Por ahora solo a los grandes, para evitar que alguno se dé con la bocha en la cabeza – aclaró
previniendo.
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