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5 cuentos largos / Alberto Naso
Reanudó el viaje, quería llegar, siempre era grato llegar, y también tenía apetito.
Cuando entró al pueblo, el mediodía, prolija escoba del horario, había barrido a la mayor parte
de los habitantes a sus casas, y pasados ya cuarenta minutos, circulaban unos pocos atrasados
por las veredas a la sombra de los árboles, en un reflejo que les quedaba del verano, porque
este sol de otoño perdonaba.
En una ochava oblicua a la plaza vacía, el almacén y bar “El molino” no escapaba a la molicie
de la siesta, pero sus puertas continuaban abiertas, y dándole la razón a sus dueños, algunos
parroquianos quedaban en las mesas alejadas de las ventanas.
Por la lección de los años aceptó lo que el mozo le propuso como almuerzo, un bife, y una
ensalada con verduras cultivadas en la huerta del mismísimo fondo del bar. Luego un flan
casero.
Y para quedarse a conversar, un café. Para eso servía tomar un café, para aprender las cosas
mínimas que necesitaba saber, fuereño en el pueblo.
Así se enteró que doña Juana alquilaba una habitación con baño en el fondo de su casa,
aledaña a la librería de un tal Salinas.
- Y pasadas las tres de la tarde es prudente allegarse, antes no porque duerme la siesta- le
advirtió solícito el mozo.
Tomó otro café para consumir el tiempo.
Estacionó el micro a esa hora, y amigo de llegar por rodeos, discreción de la prudencia, entró
en la librería y aspiró ese viejo olor a libro, que apenas retenía en su memoria olfativa.
En el fondo, sentado detrás de un escritorio, alguien leía absorto en lo suyo, lo supuso el dueño
de la librería, según le comentaron de apellido Salinas, y sin poder dar razón imaginó que se
llevaría bien con él. La luminosidad que invadía por el vidrio del frente y por un ventanal trasero
desde el cual se veía un prolijo jardín, atravesaba a lo largo el local y rozaba el lomo de los
libros, la mayoría de los cuales reposaban, prolijos, en estantes de madera sobre las paredes
laterales.
En el centro del ambiente, el día, desprendido del techo a través de un tragaluz, intruso
esperado, descendía sobre una mesa que antaño fue de comedor, mediana, de algarrobo rojo,
ahora colmada de libros. E imaginó el ingreso furtivo de alguna estrella en las noches sin nubes.
Le agradaban las librerías pequeñas, envueltas en luz natural, aún en esta hora de la tardes de
otoño, en que un suave velo acompañaba al sol en el inicio de su fuga temprana.
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