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Villa Gesell, 2021

Años después en una tarde de adolescente aburrido sin novia, caminé los senderos de la
plaza Retiro y peregriné las zapatillas nuevas blancas y destacado botón rojo sobre el lado
externo, por los pasillos de silencio, hierros e historias del museo ferroviario.
Allí estaba silenciosa sin ruidos de cadena ni ruedas y rieles en fricción, pintada de naranja,
trayendo el arrebato en el naranjal a la tarde, cuando comía naranjas bajadas del árbol a
cococha del abuelo, la zorra bomba como se la llama, la zorra de Platón.
En el primer examen de filosofía de quinto, tema el pensamiento de Platón, me perdí en los
senderos de la Academia, la de Atenas y no la de Avellaneda, y los confundí con los senderos
del museo ferroviario y terminé disertando en encendidos diálogos platónicos sobre la fabulosa
zorra de Platón. Sonriente imagino que la sorpresa del profesor de lentes armazón de carey
tuvo su dimensión, y dudó entre si su alumno, yo, estaba loco o a él se le había perdido una
taza del juego, y presuroso revisó la bibliografía por las dudas de desconocer el costado
mecánico inventor de Platón. Que por cierto no era Miguel Ángel que pintaba el techo de una
capilla, esculpía ahora no recuerdo qué y levantaba paredes de arquitecto.
Me acordé en el momento de la nota cero redondo subrayado, el nombre del vecino del abuelo,
el tano Michelangelo sin Buonarroti se llamaba Miguel Ángel, y quizás por eso del segundo
nombre solía andar por senderos tormentosos del cielo azul y blanco como quien va del
dormitorio a la cocina, en las mañanas de frio de cualquier estación del año, esperanzado en
calentarse las manos cerca del jarrito donde hervir la leche del café con leche y pan tostado y
dulce de ciruela de la abuela esposa del abuelo Platón. Me refiero al abuelo cómplice.
Del griego me olvidé, pintándolo del blanco desinterés niebla espesa que tapa conoceres
enredados de obligación escolar enciclopedista vana, pretensión de aburridos profesores en
espera de jubilarse.
En el museo descubrí en la visita guiada mi gusto por las morochas, al comienzo y a olvido de
mi edad, la pasión por la morocha guía del museo duró un tiempo de arrebatada espera en la
puerta de hierro con forja de hojas de liquidámbar y racimos de uva, y breves entradas de
adolescente clamando mirame, hasta el día la hora y el minuto que se miró en mis ojos y
preguntó cómo te llamás y supe y no me equivoqué sobre el después y sus pasiones.

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