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Villa Gesell, 2021

“Martillito” Langeló (h), rematador heredero del emérito de cuanta cosa podía tener un precio,
comenzó aclarando su contribución al evento, no cobraré comisión, podrías también comprar
algo, dijo alguien desde el fondo entibiando el ambiente frío de aquel invierno, trasvasado al
salón donde, para ahorrar, el genovés administrador recién había autorizado prender la
calefacción a leña unos minutos antes.
El evento social por su peculiaridad y por espiar a los triunfadores del remate, para darle a la
lengua largo y tendido, entretenimiento favorito, intrigas que no pueden llamarse de palacio,
porque no los había en el pueblo, pero intrigas al fin tan sustanciosas como las otras, terminó
reuniendo a todos los habitantes digamos mayores por excluir a los niños, pero como no podían
dejarlos solos en sus casas, los llevaron también con claras instrucciones de guardar silencio,
salvo los bebés que todavía no entendían las palabras y por lo tanto quedaban libres de llorar
cualesquiera fuera el motivo, descontado el apetito porque previsoras las madres le dieron la
teta un rato antes. Por eso estuve en el remate. Mi primer remate.
Los cuatro primeros objetos tenían relación con la liturgia y cuando ya empezaba a inquietarme
por aburrimiento y movía pendular las piernas que colgaban de la silla donde me sentaron,- de
aquí no te mueves y chito el pico-, pensé los patos tienen pico y yo no soy un pato.
El ayudante de “Martillito”, para la ocasión el diácono parroquial, trajo la silla que marcó el
comienzo de mi obsesión, una fijación por el ángulo recto formado por un plano horizontal y uno
vertical si seguimos el saber de los geómetras, la negación del ejercicio saludable según
palabras del desaforado profesor de gimnasia del colegio secundario, una libido por las
asentaderas al decir de un psicólogo que consulté en el correo sentimental de una prestigiosa
revista.
Después del quién toma la base por esta hermosa silla de roble con talla delicada y asiento de
cuero cuya descripción seguro leyeron en el folleto invitación, el abuelo que todavía no era el
abuelo cómplice levantó la mano apurado, antes que nadie le quitara el privilegio de ser el
primero, y marcó la cancha diciendo ésta silla será mía.
Quizás exagero por nieto pero diría que nunca la bajó mientras el precio subía y subía, tozuda
pasión que lo encendió hasta que asustados por el precio y cansados por la batalla lo dejaron
con la última oferta, solo, como él quería, él y su silla. Mi primera silla.

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