5 cuentos largos.pdf


Vista previa del archivo PDF 5-cuentos-largos.pdf


Página 1...47 48 49505156

Vista previa de texto


Villa Gesell, 2021

Mi abuelo vino al encuentro con el silencio de los pasos envueltos en sus fatigadas pantuflas
grises, voceó con timbre de bajo afectado de carraspera la frase del castigo, y me regaló dos
vasitos petisos de vidrio grueso, dos taquitos que todavía conservo, y un as de basto en el guiño
del ojo derecho.
Casi sin saberlo como tantos orígenes, se me ocurrió criar un abuelo cómplice.
El universo de las memorias no existe, es una creación personal, voluble por circunstancial, un
socavón en el pasado que habitan mis duendes de a ratos volvedores, alegres, malignos,
llorosos, tercos.
El duende de mi abuelo cómplice es una memoria agradecida.
Solía decirme sin tristeza, nunca la tuvo que recuerde, soy baztanés, del valle de Baztán, en
Navarra; la zeta es mi letra preferida, pobrecita la olvidada, somos pocos los que tenemos una
zeta en el nombre.
Cuando entré a trabajar en el ferrocarril elegí sin dudar la zorra, donde por cierto casi nadie
quería ir, por el esfuerzo físico, la soledad, el frío, el sol.
La zeta, mi querido nieto, es la última letra del alfabeto y en el linde de todo nace la libertad,
que es un escape. La zorra era sentir la libertad y todas las mañanas tenía esa alegría cuando
llegaba, con el atado de comida bajo el brazo, a remarla.
También era católico. Eso lo supe pasado un tiempo largo, como se saben casi todas las cosas
aunque uno crea que las entiende en el momento en que suceden, vicios del apuro, o de la
impericia, o de la angustia, o vaya a saber de qué.
Al comienzo me llamó la atención los gestos de las manos del abuelo cada vez que se
preparaba para sentarse, como una ceremonia de antaño repetida, un mantra no sonoro;
después de muchos almanaques entendí lo que quizás ya había escuchado y por la edad pasó
sin significado; curioso cuantas mascaritas difuminas desfilan en el carnaval de la vida y siguen
huérfanas, cantando y bailando, buscando que alguien las adopte.
El gesto aún lo tengo en la vista, se tocaba la frente con dos dedos pegados, el índice y el
mayor, luego la barriga redonda y sobresaliente, a veces quejosa en los momentos más
inoportunos, en los silencios de las conversaciones, después un hombro y el otro.
La abuela si lo veía repetía una única frase, atada al movimiento de las manos, que podía
comenzar aún antes que éste terminara, por la certeza aprendida que desde la parte deviene
el todo.
48