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5 cuentos largos / Alberto Naso
De sillas
El abuelo la adquirió en una subasta que ganó fama en el pueblo, el espolio del cura párroco.
Distante
mi niñez los traigo a los dos, sin ánimo de
médium innecesario por cierto,
transportados por mí, en el carruaje de la memoria, envuelto en burbujas de luz acuarelada,
que colisionan y fugan en arco iris, dejando una apenas perceptible estela de humedad.
Los arrimo bebedores los dos. Chispos de ginebra, la del porrón de barro, en vasitos petisos
de vidrio grueso, apodados taquitos; el tamaño justo para levantar la mano y empinando el codo
dar cuenta del trago.
El carruaje de la evocación suspende el trotar fractal en una parada; una neblina invadida del
sol tímido de las mañanas de invierno no impide leer el cartel que de niño observaba orgulloso,
tercer grado, recuerdo el tema del día sustantivos, verbos y adjetivos, y la maestra a la que le
pregunté ingenuo si taquito era solo el vasito petiso, un sustantivo, o la acción de tomar, darle
al garguero.
Era a mediados de Agosto pero se encendieron estrellitas como las que nos prendían en
Navidad y Año Nuevo, sonoras y coloridas risas hipadas de mis compañeros, los cachetes
enrojeciendo de la señora maestra cachetuda, así la nombrábamos, que es mucho rojo decir,
casi toda la cara; e inevitable los veintidós renglones del cuaderno Laprida de tapas blandas
forradas en papel araña verde, que tuve que llenar como penitencia con la frase: No debo hacer
preguntas tontas.
- Quiero que lo hagas como deber para el hogar y lo traigas mañana, prolijo, sin tachaduras ni
borrones.
Un nuevo renglón era un escalón de cansancio, como si bajara una escalera a los saltos;
encerrado en un laberinto de salida tapiada, sin alternativas de escape, fui dibujando el laudo
en cada uno, digo dibujando porque escribir no es repetir.
Era la tardecita, ese lapso que no es ni tarde ni noche, inclinado sobre la mesa, ajetreado por
la bronca castigaba el papel con la pluma cucharita, papel secante en la mano izquierda, atento
bombero de tinta en peligro de derrame, y si la desgracia a empezar de vuelta, porque todavía
sonaba con un eco cavernoso el amenazador prolijo sin tachaduras ni borrones.
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