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5 cuentos largos / Alberto Naso

- Piensa como llenar la barriga sin mover los brazos
Algunas mujeres de la casa se horrorizaban.
– Con el seor no se juega – decía la tía abuela soltera beata, que nunca pudo a pesar de los
años vividos bajo la bandera azul y blanca, pronunciar la eñe. O nunca se lo propuso para no
olvidar los restos de morriña con que un día cualquiera se fue.
Yo era un gurrumín, miraba por la ventana el comienzo del camino, y salía a la calle de tierra
mojada, después de la lluvia, buscando encontrar las marcas de los zapatos que recuerdo jamás
se sacaba. Claro que no miraba al cielo. Hasta que un día ante mí insistencia me dijeron se fue
al cielo.
No había pensado que las personas volaban como los pájaros chiquitos, y siendo tan grande la
tía abuela, se me ocurría que tendría más dificultades que las gallinas cuando querían remontar;
y para colmo no tenía alas.
Después del remilgo de la abuela el abuelo sonreía sin chistar, y los otros hombres de la casa
lo acompañaban con una sonrisa de labios algo abiertos y con el silencio.
Guardé esa imagen de las mujeres hablando y los hombres callando. Con las añadas se
desvaneció, como tantas otras cosas que se amontonan en el altillo de la casa y se tapan unas
a otras, informes, aunque en algún momento las rescatamos, y vuelven las reminiscencias, por
minutos, por días, o se quedan para siempre y entonces dejan de ser evocaciones
abandonando las brumas envolventes y los suspiros, para enfermarse de mortalidad.
Como la silla del abuelo, la primera en que me siento los días domingo, todos los domingos,
cuando el sol se apacigua y deja a los hombres en una telaraña tejida de rombos de silencios y
pesares. Verde como el papel araña del forro del cuaderno Laprida. Al aguardo de la carga de
la caballería sable en mano, filo depresivo, sin el Febo asoma liberador que cantábamos los
Agostos en la escuela.
El remate fue en el salón de la Sociedad Italiana y entre los objetos inventariados mi abuelo
subrayó, con dos líneas tensas, en un volante que guardaba en una bolsa de papel marrón, el
llamado papel madera, que cuelga aún hoy, desafiando embestidas familiares pro orden, del
pomo del lateral derecho de su silla, dos artículos, el quinto y el último de la lista.

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