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5 cuentos largos / Alberto Naso

De lunas a soles más de mil veces se inflamó la mañana, en tres inviernos alcancé la altura
necesaria para subirme con orgullo a la silla, y sentado y apoyado en el respaldar, contemplar
los pasantes ajetreados en sus labores y escuchar sus frases.
- Los niños crecen más en invierno, estiran después de cada fiebre. –
- Los perros ladran diferente los días de mucho frío.-Miralo al señorito lo más orondo, se cree el abuelo.Se me mezclaban confusas la fiebre, los ladridos del frío y el orondo, que para colmo era una
palabra que no había escuchado antes y no podía atarla a ningún objeto que viera en la casa o
planta alguna del jardín, tampoco de la plaza donde aprendí hamaca, tilo, tobogán y arenero.
Era entonces el momento de dejar el infantil disfraz de sentirme el abuelo, y bajando de la silla,
y metiendo la mano en el bolsillo trasero del pantalón, en una huída espiritual sin rencores,
sacaba las figuritas redondas de Starosta y construía, en el ángulo de la horizontal roja del piso
y la vertical de la pared blanca, anhelos de arrimada, puchero, tapadita y espejito. Así de fácil
y patentes eran los nombres de las figuras a construir, que no exigían explicación en una
infancia alejada de significados, confiada en los nombres mismos, creyente en la satisfacción
de las gestas.
Cuando vuelvo a ser niño dejo de preguntarme de donde viene que llamáramos a una fantasía
con el nombre tan contundente de puchero, del plato tradicional en la comida de esa época, o
del llanto compungido llamado a un cuasi silencio.
Un vecino, a quien todas las mujeres de la casa miraban con esa condescendencia maternal
que amalgama suspicacia y cariño indulgente, y del cual en voz baja casi en el susurro del
secreto como si el ausente estuviera allí, rezaban pobre tipo le falta alguna taza del juego, le
puso al abuelo el apodo de “platón”. En realidad había estudiado filosofía, en nocturnas tenidas
solitarias en la casa, sin pasar ni siquiera por la puerta de la facultad de filosofía y letras, que
de aseguro no sabía donde quedaba, y cuando le preguntaron la razón del apodo, dijo que
significaba “el de espaldas anchas”, y era cierto, el abuelo tenía espalda ancha, física y
vivencial, para soportar el peso de la gravedad con que los objetos que levantaba se obstinaban
en llegar a la tierra, y la gravedad de los hechos diarios, que escriben en cada persona la
historia que nadie escribe.

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