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5 cuentos largos / Alberto Naso
Duró hasta que se tiñó de rubia, sin la condescendencia de un aviso preparatorio a la sorpresa,
y dudé, confesando con contrición, que la quería en una cumbre no invadida por la moda, y el
odio a las rubias que asemejo a inglesas despojando, invadiendo el río Paraná, atacando al
abuelo cómplice en la Vuelta de Obligado. Las mismas barrancas donde en un homenaje
irreverente con los héroes y ahuyentando sin quererlo los pájaros del lugar, desplegamos una
tarde que debe haber sido de Agosto del 66, pan casero amasado con un algo de grasa en
unión fiel con jamón crudo descolgado del galpón, mantel a cuadros, tomates leña parrilla carne
y vino.
Después nos envolvió la bruma, el frío bajó y el cielo quedó en alberca.
Duró hasta que se casó, razón de ser y futuro, por civil iglesia y fiesta a la que por delicadeza
no me invitó, con el director del museo que entiendo estuvo siempre primero en la lista estoica
a deslices.
Llueve en silencio, el agua que cae es siempre silenciosa, el ruido que nos engaña, trampa de
la audición, es el final de la gota hecha barro en el jardín donde nacen charcos. No me dejo
engañar por el choque, quiebro la gravedad, herencia pesada que nos impide levantar vuelo, y
mi vista, eterno plano horizontal, corta el espacio y le devuelve a la lluvia su silencio original. Un
retorno. Un homenaje sin aplausos. Un ascenso al origen.
Cuando el remate llegaba al final se apretaron en el salón de la Sociedad Italiana sonidos de
truenos que no venían como es habitual del cielo encapotado de un negro luctuoso, anuncio de
tormenta encapsulada de viento y agua que huye del sifón sobre pasos apurados y cabezas
tapadas.
La tormenta simbólica fue una disputa de los inconscientes femeninos, la supremacía de la
cajita, el temor a un contenido incierto pero no necesariamente develado, que cuajó en una
secuencia de ofertas que Langeló (h) confesó no recordar en su largo recorrido de martillero,
mujeres pujando en un parto público por una cajita de madera de cardón que no valía lo que el
abuelo cómplice pagó.
Demasiado dinero y demasiada y nerviosa desnudez de la incerteza flotando en las noches
desveladas de las mujeres que pujaban.
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