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Villa Gesell, 2021

El menú del JyE era conciso en la oferta pero abundante en el contenido de cada una. Curtía
una particularidad, los emparedados de hogazas de diez, veinte y hasta treinta centímetros de
diámetro, cocidos en horno de leña. Se ofrecían con rellenos varios, entre los cuales sobresalía
el llamado “Sorpresa”, incógnita copiosa, variando según el día y lo disponible. Terminó siendo
el más demandado, matizando el holgazaneo con el estupor de lo impensado. Infaltable para la
tarde las picaduras de abeja y los puercoespines.
Cuando el sol abandonaba el día, el marinero-mozo, maratonista de arena, volvía a su casa y
ponía los pies en un banco elevado, para que se deshincharan.
Entrando las estrellas Rosa y Antonio atendían el almacén JyE, que a esas horas oficiaba de
rotisería, con el plato de fondo del día, mientras Juliana y Eusebio trajinaban la cocina,
preparando las minutas pedidas.
Puken dormía, cansado de sol y arena.
Una vez por semana aparecía en Costa Suave el camión que transportaba vituallas variadas.
A Eusebio le recordaba la lancha-almacén que recorría los ríos del delta, y llegaba a la casa
de la isla donde pasó parte de su niñez.
Estacionado en la puerta del JyE, acceder a su interior era un recorrido por lo necesario, lo
básico, quizás un poco más, sin pretensiones de ciudadano mundano.
La ocasión consentía la sociabilidad con Da Costa, el dueño del negocio móvil, un simpático
correveidile de anécdotas autóctonas de los pueblos que recorría semanalmente.
Usted va por Laguneada – preguntó Eusebio.
-No, queda lejos, tierra adentro, y el camino es muy malo. Por si le interesa el lugar, le adelanto
que no tengo buenas referencias, los que andamos por los caminos juntamos camiones en
algún cruce, y allí, vio, se conversa de todo un poco. Vaya uno a saber si será verdad o mentira,
pero dicen que piden colaboración, bueno a la entrada, usted sabe de qué hablo. Y adentro,
también dicen, no son trigo limpio.
-Gracias por los datos, y por las advertencias-De nada. ¿Hoy que va a bajar?Cuando se iba Da Costa llegaba Pietro. Eusebio le comentó la conversación que habían tenido,
y aun con los recaudos que bien le señaló el correveidile, lo alertó, ahora que ya pasaron meses
y meses y Rosa, la de Laguneada, seguía sin volver.

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