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5 cuentos largos / Alberto Naso

Y nuestra Rosa esperando la libreta de casamiento –dijo Pietro, y añadió- toda esa historia del
registro civil volante me pareció más una obra para mis títeres, que una ayuda para nosotros.
La tarde se volvía cenizas, presos del diálogo, compartieron desasosiego, casa por casa,
buscando cortar de cuajo el brote sospechado hace un tiempo, ahora escozor en momentos de
alegría, un escollo al que hay que ponerle final.
El comentario del camionero y la reparación que se merecían Rosa y Antonio, movilizó
opiniones, y finalmente se impuso designar a Don Cúcaro para que averiguara en Laguneada.
La elección del comisionado se sostuvo en el tratamiento de Don, distinción dada desde que
empezó la larga marcha, sin explicitar un fundamento, por cierto innecesario en la cota de lo
objetivo.
Pietro, avanzó en sospechas. Trasladó el carromato vuelto registro civil al costado de su casa,
en señal clara del cierre de la etapa del engaño, motivo central que empezó a esbozar en su
nueva obra para títeres, fábula con bruja presente. Construcción clásica en antiguas contadas.
Prometiéndole a Lionetta que si Rosa Angelus era empleada de un registro civil, no la estrenaba.
Fue entonces que se permitió parodiar a Manuel Machado y comenzó escribiendo: Por la terrible
arena bonaerense…
Don Cúcaro no había entrado nunca a un juzgado, y no tenía claro si ese era el sitio al cual
debía recurrir, por mentas sabía que en ese espacio infrecuente para los comunes, pensaban
con unos libros que ordenaban la existencia con frases y citas extrañas, y papeleos tan largos
que a veces llegaban cuando la vida ya había cambiado.
Pero a dónde podía ir, peregrino en una comarca extraña, en la que le contestaban que nunca
hubo un registro civil, aunque lo pidieron varias veces, para evitar tener que viajar a otros
pueblos de la zona.
Habían llegado temprano en una vieja camioneta, desandando la noche, él y el marinero, que
tendría lo suyo, es cierto, pero a la hora de manejar era bueno.
La señora que atendía un kiosco justo al costado del Juzgado de Paz, los vio perplejos y les
recomendó preguntaran por Ofelia - es mi hermana y seguro que los puede ayudar-.
El espacio no era amplio, detrás de una larga mesada de madera un hombre y una mujer
escribían a máquina, al fondo una mampara de vidrio esmerilado sugería una oficina, las
paredes pintaban a viejo, y algunas armarios desbordaban de carpetas.

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