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Villa Gesell, 2021
Para Mariana y Ruperto. Por si no llega el “Tigre de la Malasia” – le dijo a Verónica-.
-Lo sé, no es lo mismo, las ilusiones no tienen reemplazo, el asunto entonces es posibilitar una
nueva. Puede suceder que estas maquetas naveguen en alguna de las lagunitas que la arena
forma en la orilla. Depende de la profundidad que tenga y del viento, por cierto.
La intervención del ARS disminuyó caminatas extensas, ahora los visitantes se agrupaban en
un sector cercano a las casas, y la playa empezó a vocearse como “la del centro”, denominación
social, dado que
mirando la extensión de tierra comprada, allí no se situaba el centro
geográfico.
De punta a punta de esa extensión, la totalidad del hoy, incluido el almacén JyE, provisoria en
la dilación de tiempo y espacio, estaba a la distancia de una cierta pereza que los invade a la
tarde. Salvo el día anterior al regreso cuando compran las cajas de Verónica, las galletitas
puercoespines, y porque no una torta picadura de abejas. Ninguno de los tres regalos necesita
del frío que no tendrán durante el traslado.
Los vehículos antecesores de las casas, y éstas mismas, son expresiones de biografías
acarreadas, que buscan lavarse en el mar, desteñidas secarse al sol, ansiando reescribirse en
la hegemonía que los convoca, grito silenciado de cadenas rotas, duro recorrido espiritual.
La casa rodante del “Pájaro” construida sobre el chasis de un viejo y largo colectivo, pintado de
verde, motor externo y guardabarros rectangulares, respetando las ocho ventanas por lado,
portaba como aderezo un primer piso de madera, techado a dos aguas con tejas también de
madera.
En los trescientos metros que tenía de longitud “el centro”, se la encontraba en el extremo sur.
Los lugareños lo llamaban el lado del arte. Sus vecinos cercanos eran Lionetta y Pietro, pintora
y titiritero; los lectores y activadores de libros, según ellos se autodefinían, Amalia y Emile.
En el medio, moraban los cuatro de Cúcaro, hacia el norte el almacén JyE, Antonio que terminó
la casa donde vivía con Rosa Regulez, desde ahí el silencio de la mirada, puesta en lejanía de
arenas cambiantes por el viento y la crecida del mar.
El cese físico del vértigo que los trajo estaba a la vista, logro material de sus hogares. Más
importantes que las viviendas anexadas para alquilar.
Curioso rejuntado ecléctico, divergentes en las aguadas de una acuarela, sostenían igualarse
alrededor de un ánima nueva, intersubjetividad necesaria, reconocimiento de la alteridad,
sabedores que sin ella no encontrarían libertad.
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