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5 cuentos largos / Alberto Naso
Llega Mariana junto a Ruperto cada uno con su silla playera, barrilete en mano, en vuelo
tranquilo se alternan remontándolos. Abro la sombrilla, los dejo de vendedores y me vuelvo a
la casa para tomar, junto al “Pajaro”, el segundo desayuno. Galleta casera y mate cocido.
Conversamos dos temas. La luna mueve las mareas. Es rígida y conocida la secuencia, hasta
tiene horarios. Nosotros, cómplices de rupturas, partícipes del dándose, también forjamos la
playa.
La costa existe de antes que la hiciéramos suave.
Te mando mi beso mamá. Y tres besos más. Verónica. <<
La casa está al sur de las otras, se podría decir donde termina Costa Suave, pero no es cierto.
Según el plano se estira hacia la derecha tres kilómetros más, después sigue la playa, la
ausencia de una marca de frontera deja pensar más allá, por lo menos hasta que llegue el
propietario vecino asentando una señal de propiedad privada.
Mientras tanto, kilómetros de arena son suyos, de los turistas y de las cañas de los pescadores.
Ruperto corretea la orilla, espada de madera en mano, esperando el desembarco de Sandokan,
que dice llegará desde la Malasia y bajará junto a Yañez.
El marinero, que es ducho en descender, le contó que el Rey del Mar viene navegando desde
lejos, -hay que tener paciencia y esperar, el navío tiene dos mástiles, uno en el centro y otro en
la parte de atrás, que se llama la popa-.
Las velas son así- y con un palito le dibujó en la arena un triángulo con hipotenusa curvilínea.
¿Es grande? –preguntó Ruperto, que buscaba precisiones.
Como quince metros, el largo de tres casas rodantes – contestó el marinero
Esta parte de la historia Ruperto no la leyó en el libro que se trajo de la biblioteca de Emile y
Amalia, pero le gustaba y se propuso escribirla.
Su hermana Mariana decía llamarse igual que la perla de Lebuan, la joven rescatada por
Sandokan, y lo podía ayudar detallando anécdotas.
Mientras aguardan a los compradores de las cajas de caparazones, sentados en sus sillas
playeras se pusieron los dos a borronear el texto, resguardados del sol intenso por la sombrilla
roja, que les teñía de color las hojas blancas.
El “Pájaro” construyó dos maquetas de paraos, con velas desplegadas; en lo alto de un mástil
flameaba, cuando el viento ayudaba, una bandera de fondo rojo con una cabeza de tigre en el
centro.
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