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Villa Gesell, 2021
Pukem dormía en la cuna y el marinero de a ratos iba a mirarlo, sonriente regresaba con una
mano sujetando por el cachete la cabeza que se caía para ese lado, señalándole a Juliana lo
tranquilo que reposaba. Amigo de pocas palabras, hablaba con mímicas.
Los tres del ARS estaban presentes pero el bien guardado secreto les otorgaba la cualidad de
invisibles, y esta noche al igual que Pukem reposaban de su tarea.
Ellos nada tenían para discurrir. La abuela raíz de la libertad era numen pagano quebrando el
contubernio entre la rareza y el costo, aceptar la solución de emparejar las cantidades de cada
variedad, resultó un disfraz de ironía que desfiló adentrándose en el momento de la playa.
Los que volvían de breves estadías guardaban en secreto la abundancia, el paraje se volvió
un sitio de culto de minorías, bautizado con el apodo de Playa de las caracolas.
La angurria por las que llamaban caracolas, nombre profano que no se correspondía con todas
las caparazones que abundaban por momentos, justificaba no derramar información precisa
sobre donde pasaban algunos días de sus fines de semana o cortas vacaciones.
El diablo en sus andanzas sahumadoras limpia de motivos furtivos. Caminando por Costa
Suave despertó la boca de algunos creyentes y el cisma rompió el ocultismo. Apóstatas de la
religión del silencio vacacional que escamoteaba el destino, contaron poniendo el dedo en el
mapa, narrando bondades, dispuestos a compartirlas.
>> Hoy el mar está lejos. Pensándolo bien está siempre en el mismo lugar, lo que lo cambia es
la orilla. Eso creo. La luna le presta vaivenes, lo alarga y lo roba.
El viento sopla del oeste y sentada como estoy, mirando el alba desde la galería de la casa
disfruto la luz naranja del sol que empieza a dibujarse en la espuma que va y viene. No es el
color habitual. Cuando se levante sin duda tornará más claro.
Mariana y Ruperto duermen. El “Pajaro”, me acostumbré a llamarlo como todos, también.
Anoche seguro se acostó tarde, terminando las cajitas de madera blanda donde empiezo a
poner las caparazones, surtido de formas, tonos y tamaños, cada una en una celda del enrejado
del piso.
Después hay que bajar con una mesita a la playa, arriba de cada torre la última caja destapada,
mostrando el contenido, vale aguardar la llegada de los turistas, no mucho más.
Miran, preguntan si pueden abrir otras cajas, para elegir, tarea que les agrada, no hay muchas
diferencias pero las encuentran o creen encontrarlas.
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