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Villa Gesell, 2021

Los exploradores, desde el amanecer buscaban caracolas caminando kilómetros de playa hacia
el norte y hacia el sur, partían con mochilas vacías y volvían con las piernas cansadas,
buscando el borde del mar para no hundirse en la arena por el peso excesivo de la colecta.
La playa era dispendiosa, algunos días de caracolas y otros de ausencias, el humor oscilaba
pero la obstinación por la cantidad persistía; el mar no era agua salada hasta el horizonte, y ni
imaginar el más allá, solo un apéndice proveedor, aluvión que dejaba y se iba vacío, y ellos no
querían ser mar, buscaban llenarse aunque sea de caracolas.
Los proféticos eran monjes vaticinando la abundancia durante la noche sin luna, diferenciados
arribaban con el calendario marcado,

y en las fechas precisas desafiaban la oscuridad,

tensionando la visión antes que el alba disparara brutal contra el fetichismo, esfumándolo
mientras amanecía.
Los egocéntricos narraban sus vivencias, tan distintas que se convirtieron en una ley de la
confusión, donde las verdades ventiladas se chocaban sin que ninguna ganara ventaja en la
pugna, porque en su burbuja eran sordos a las palabras del otro.
Los tímidos vivían de día, se contentaban con pocas, y algunos, los más permeables, se
amigaban

con los desinteresados que estaban sentados en sus reposeras, leyendo,

soleándose o tomando mate con puercoespines, las deliciosas galletitas que descubrieron en
el almacén JyE, y que prolijos llevaban al regreso sustituyendo los consabidos alfajores.
Los pescadores artesanales se corrían buscando silencio y soledad, necesidad técnica, si cabe
el término, y vivencial.
Eran pocos los que miraban el mar, en silencio o charlando, eran escasos los que se tiraban en
la arena al sol.
Los residentes viajaban entre el polo del beneficio económico y la depredación voraz de la
naturaleza, entre el negocio y la ecología. Las preguntas teñían el viaje, la larga marcha que
emprendieron buscando salir del encierro, liberando fuerzas, rompiendo candados mentales y
físicos, buscando un espacio en el mapa, que le fuera propio pero también afín a su ideario.
El ARS nació cuando empezaron a sentir que el orden nuevo los envolvía. Tres lugareños
previniendo una derrota de la naturaleza, por agotamiento, se juntaron y fundaron el ARS. La
primera sociedad secreta de Costa Suave.
Fue en el otoño del año 2.

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