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5 cuentos largos / Alberto Naso

El nombre lo encontraron tachando letras a la palabra artistas, y cuando lo sintieron corto y
fuerte se juramentaron como miembros, únicos miembros para que fuera secreta y ácrata.
Los motivó pensar en la arena y el agua del mar. Todas las localidades costeras de las
cercanías ofrecían el mar y la playa. Algunas mentían cuando hablaban de largas y anchas
playas, la frase imantaba, y era difícil que un turista aceptara así nomás que había puesto su
cuerpo y su dinero en un sitio falaz.
Ninguno sabía del Ars amandi de Ovidio, ni del Ars poética de Aristóteles, y si hubieran estado
en sus lecturas, eran cosas distintas, antiguas, y la repetición de las palabras no amerita como
copia porque la nómina del lenguaje crece lentamente y las necesidades del habla y la escritura
suben montañas altas, y navegan ríos y mares desconocidos.
Artesanos del carbonato de calcio moldeaban caparazones marinas.
En noches de niebla o tormenta las distribuían en secreto en el borde del mar, para que las
olas las empujaran y las impregnaran de sal, reponiendo los faltantes, evitando se quebrara el
mito de la playa de las caracolas.
Fueron extraños guardavidas intentando salvar la naturaleza, sin esperar agradecimientos ni
gloria por los rescates. Suturando las heridas que dejaban los visitantes.
Una señora encontró un taladro de mar, pieza difícil, casi inhallable; como no lo quería vender
ni cambiar, se lo pedían prestado para la foto de la colección, así viajó de mano en mano, bajo
la atenta mirada de la agraciada, temerosa de su desaparición.
Surgió un mercado del trueque, informal, que facilitó completar la colección.
Las disímiles caparazones empezaron a tener un valor monetario que parecía ignorar la belleza,
los colores, las curvas, los pliegues, igual al de los cuadros cuando ingresan a la galería de arte
de un marchand, o peor, respondían a la escasez que etiqueta el precio.
Y no era lo que los lugareños esperaban lograr, dolidos pero atentos, mientras velaban
escapatorias, apareció el ARS con una solución, en abstracto ladina, en lo situacional
contrafáctica, un día la playa amaneció llena de los caros por raros taladros de mar. Seguían
siendo hermosos pero ahora costaban poco.
Sorprendidos, los habitantes estables se juntaron esa noche en el almacén JyE, después que
cerraran la puerta,

argumentaron sobre la libertad y la regulación, dos temas que eran

preciados, todos opinaron, los adultos y también Mariana y Ruperto, que ya habían cumplido
trece y once años.
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