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5 cuentos largos / Alberto Naso

Verónica, Mariana y Ruperto aguardaban abajo la inauguración, el viento venía suave del mar,
o sea del este, la veleta se jugaba su destino como tal, ese momento del paso a la eternidad o
al olvido. El “Pájaro” la sujetaba nervioso, no sabía si el peso le permitiría sentir las brisas leves
y girar, o si se quedaría estática, mirando sorprendida sin saber qué hacer.
¡Ahora!- gritó Ruperto.
El “Pájaro” Gubia de cuclillas en el techo, se levantó mirando al este, alzó los brazos en un
gesto de triunfo, la veleta venció la inercia y con la ayuda del viento inició un movimiento lento
pero continuo, hasta detenerse señalando el este. Eran dos pájaros mirando el mismo horizonte,
desafiando en su vuelo a las gaviotas.
Emile Quiró y Amalia Bue llegaron con la caravana, trayendo en el remolque enganchado a la
casa rodante, su colección de libros.
<< Prestar libros conlleva el riesgo de perderlos. Lo sabemos bien, por experiencia.
En nuestra comunidad no puede suceder, somos amigos, pocos, la geografía ayuda, y nos
construimos en isla sin agua que nos rodee. ¿A dónde huir con un libro?
Prestarlos es necesario porque los textos piden ser leídos, el invierno que nos esconde en las
casas es momento propicio, el holgazaneo abre las tapas, se adentra en el interior del misterio
de cada página, casi siempre se rinde y avanza.
Las manos sensibles sienten la transferencia de voces que traen las palabras. ¿Electricidad del
autor o de los personajes? Vaya uno a saber.
Ésta no es una biblioteca, con libros sobre literatura dispersa, para satisfacer lectores de
distintas temáticas.
Es nuestro rejunte de títulos, devenidos en el tiempo, cohesionados en el tronco que no acepta
ramas que nos profanen con contenidos o autores que decidimos no leer. Todos caben en los
límites de la frontera del sentir que tenemos, compromiso que nos embarcó en la deriva del
transitar azaroso al destino ansiado, claro de luz en la esperanza.
Arribados del remolque, se limpian antes de asentarlos en el mueble biblioteca, obsesión de
pronta derrota, el polvo no tardará en llegar con esa capa que molesta cuando uno lo agarra,
pero el comienzo es promisorio, y del empezar vivimos.
Circulan en los trescientos metros que nos unen, hay uno que recorrió varias veces la distancia,
atleta aplaudido, cotidianas horas de lecturas, insólitas las relecturas.
La ruptura del cerco que nos enclaustraba es la marca de fuego de Costa Suave.
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