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Villa Gesell, 2021
Un camión azul despintado repechó la pequeña cuesta de arena roncando, el peso de la carga
y la vetustez del motor no lo ayudaban. Los dos de la cabina bajaron asombrados de haber
llegado y de la soledad del lugar, era el primer viaje que hacían a Costa Suave.
Duchos para el barro, la arena era un desafío que tensaba después de siete horas de viaje
matizadas con algunos amargos, pero allí estaban, mirando a los cinco que los miraban,
parados en línea.
-Buenas, buscamos a un tal Antonio según nos indicó la señora Angelus, venimos de
Laguneada, traemos los materiales de construcción y un poco de carne que les envía la señoray se silenció porque no sabía que más decir.
Seis empezaron la descarga mientras Vera cortaba lechuga y tomates de la quinta y encendía
leños para una churrasqueada.
Iba cayendo la noche cuando terminaron de bajar las últimas bolsas de cemento. Los choferes
decididos a partir de madrugada se tiraron a dormir en la caja, tapados con cartones y mantas.
Vera le alcanzó un poncho puyo y Antonio los acompañó. Apagó la lámpara de querosene y se
fue a dormir.
No todos los que se apellidan Gubia son carpinteros pero el “Pájaro” Gubia sí. Llegó a Costa
Suave con la caravana fundadora, en un camión cargado de maderas y herramientas, que era
el último en la fila, por si se quedaba en el barro dado los kilos que portaba, y hasta que lo
pudieran sacar no demoraba a los restantes.
En otro vehículo viajaban Verónica Bolten, madre de Mariana, de diez años, y Ruperto , dos
años menor, los hijos de ambos. Verónica lo conducía con el manejo experto que ganó desde
los catorce años en el taller mecánico de su padre.
La costumbre de apodar surgió en las noches, cuando descansaban. Antes de dormir escribían
en papelitos los probables, los mezclaban en una bolsita y aplaudían ante la lectura de cada
uno, el que tenía más volumen de aplausos era el que le dejaban. Luego quemaban los
papelitos para deslizar el acto al anonimato, preservando al autor alejaban resquemores y
mantenían el bien fundacional, la cohesión del grupo.
El “Pájaro” Gubia construyó su casa en madera, bastante cercana a la orilla, y como buen
escultor que era talló una veleta con perfil de pájaro, en una tabla de jacarandá, que tarugó al
tirante más ancho del techo.
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