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5 cuentos largos / Alberto Naso
Los de la fiesta brindaron por el primer casamiento en Costa Suave.
Cuando volvían a las casas, comentaban que por fin le conocieron la cara al chofer de Vera,
que lucía en la cabeza la conocida gorra blanca.
Los mitos son pilares de la identidad, sin ellos no hay pueblos, aún cuando no se hagan
públicos aparece un entremetido, con oficio de hurgador, tenaz explorador de atrincherados en
supremacías, calles en el silencio de una huelga, bosques de edificios, muchedumbres
marchando a una plaza simbólica, banderas, pancartas, credos.
Los hechos le dan vida, son constitutivos, y como la racionalidad no los revisa, perduran en ese
universo sutil, imaginativo, escondido, que resulta ser el de los sentimientos.
El nacimiento no reconoce recetas, algunos provienen de la naturaleza del lugar, del maná
incansable y variado que regala, la intervención humana es innecesaria, a veces resulta en
rupturas maléficas, nocivas.
Otros son instauraciones de cosmos nuevos, traídos de la ilusión, formato de un túnel de
antiguos espejos que perdura en las miradas de otros.
El calendario, si se universaliza, borronea identidades, subsume diferencias, se olvida de los
meridianos, es una verdad inexacta, espuria, sujeta a continuas correcciones, y cada pueblo se
propuso tener el suyo; a medida.
Los que llegaron y le dieron nombre a Costa Suave, ignorantes de otros formatos, se forjaron
fundadores desertores del año gregoriano. Empezaron a contar de nuevo. Desde el año 1.
El casamiento de Juliana y Eusebio pintó la ocasión, y ante la mirada hacia arriba de Vera
Angelus, que empezaba a ser cómplice, fecharon el acto en el año 1.
El calendario del pueblo se renovaba todos los 1° de Enero en una sencilla juntada en un predio,
con el tiempo nombrado Plaza del Calendario.
El lugar comenzó siendo un cuadrado imaginario, alejado unos doscientos metros de las dunas
de la playa, allí donde el pino marítimo, la adesmia incana, y la catalpa, se afincaron en la
arena retando los vientos.
Un carpintero, o un aficionado a la carpintería artística, traía el nuevo número tallado en madera,
y lo depositaba en un poliedro de tres caras esculpido en madera de jacarandá, coronado en el
formato de un libro abierto. Ceremonia de ofrenda de una tribu nueva.
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