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5 cuentos largos / Alberto Naso

Transcurría el invierno del año 1, seco, frío, unos pocos se asomaban al pueblo en ciernes,
apenas poblado, con casas separadas, vecinos que se conocían y si alguno de los visitantes
quería radicarse, meditaban sobre virtudes y desventajas que a vuelo de pájaro le asignaban,
aún a sabiendas del chasco que se llevaron con la pareja que los deleitó desde el inicio y que
una mañana no estaba más, ellos dos y algunos de los enseres que Vera Regulez, la vecina
del civil, guardaba en el jardín de su casa.
Fue unos días antes del 30 de Agosto, solícitos, los pocos habitantes de Costa Suave se
anticiparon a la tormenta que esperaban todos los años, conjunción de realidad y fe, y aún los
que sospechaban que la fe sobrepasaba la realidad, acudieron en su ayuda y le repusieron lo
robado.
El miércoles 30 llovió y Regulez sonriente, mirando por la ventana, imaginaba las tareas de
mañana a la tarde para emprolijar el jardín, - cuando la Vera del civil se volviera a sus pagospensaba sin decirlo.
La joven pelirroja, pollera floreada, sombrero de paja, ala volada hacia abajo cortando el sol,
llegó temprano, decidida al cambio de domicilio, y unos minutos después, el sonido y la sombra
le avisaron de un otro, giro levemente la cabeza y en una mirada sobre los hombros encontró
el rostro de un joven pelirrojo. Se acomodó los bucles con ambas manos, el gesto estudiado,
sensual, atrajo una voz tupida, de barítono –Yo también soy pelirrojo-.
Esa misma tarde se sentaron en la arena de la playa, sorteando casualidades. Juliana llevó el
mate, sus escones horneados antes de salir y dos servilletas bordadas.
-Sos prolija-.
-Solo a vecesEl sol quebró el frio de los primeros diálogos, y entre amargos y escones desempolvaron
retazos de las historias que los empujaron al pueblo incipiente, selectivas primero las teñidas
de alegría, nueva construcción, pulsiones de esperanzas, amarradero de sueños.
Se confesaron sin prisa, en un tiempo retaceado, como un reloj con ganas de detenerse.
Penurias y entuertos horadantes, dolorosos, regresando en las noches, a veces hasta la
madrugada somnolienta, geográficos por naturaleza y por eso débiles ante la huida que los
abandonaba a su suerte. Incapaces de transitar los cientos de kilómetros hasta Costa Suave,
como si tuvieran una química que no admitía arenas disolventes.

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