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5 cuentos largos / Alberto Naso
Era Diciembre. Para la historia, sucedió en el año 1 antes de Costa Suave, que figuró con la
grafía 1a.c.s., en el documento testimonial de la fundación, que Vera Regulez escribió con prolija
letra antigua en los descansos del viaje. Se leía al comienzo de la hoja papel pergamino, que
guardaron en un cofre de madera tallado por el “Pajaro” Gubia:
“En el día 28 de Diciembre del año 1.a.c.s. Nos los que abajo dejamos nuestras firmas, arribados
a esta tierra después de una larga marcha, le imponemos a este paraje el nombre de Costa
Suave, con el cual se conocerá de aquí en adelante…”
Sabiendo que viajaban hacia un destino desierto, naturaleza carente de viviendas, cada familia
había elegido su casa rodante, en ella llegaron y por un tiempo sería su hogar, hasta que
construyeran la nueva, o la definitiva, si hay cosas que lo son.
Formatos y comodidades fueron a piacere, expresión funcional y artística. La imposición de sus
escasos dineros no conspiró contra el estilo elegido. Resultaron todas distintas, como ellos.
Igualados en común los vehículos traían a cococha un remolque lleno de pertenencias.
La excepción era la familia Gubia que se vino con dos.
Ante los seis vehículos detenidos en línea, motores silenciados, el atardecer ganó voces, las
nacientes, de agradecimiento por haber llegado, de fascinación por el paisaje. Durante un
momento los invadió la contemplación, hasta que respondiendo al movimiento atávico corrieron
a la orilla y pusieron los pies en el agua del mar. La primera vez que lo pisaban. Anhelo
mitográfico del habitante continental.
El cansancio los silenció entrada la noche, a la sazón solo se escuchaba el frotar de las alas de
los grillos.
El mar estaba a barlovento, un viento de suave a mayor cruzó entre casa y casa, mástiles de
un mismo navío, que encontró donde encallar.
La oficina del registro civil, atendía el último jueves de cada mes par, cuando llegaba una
empleada delegada por el verdadero registro, situado a unos ciento noventa kilómetros tierra
adentro, en una localidad que por población y antigüedad, hace algunos años había merecido,
y conseguido, dos instancias que no siempre se conjugan, la titularidad permanente.
Los vecinos la vieron entrar un mediodía, pasados cuatro meses del arribo al paraje. Una mujer
que a la vista orillaba los treinta, acompañada por un hombre de más años, conductor de una
camioneta, donde apenas se distinguía en la puerta que quedó a la vista, una inscripción en
azul, borroneada por el barro que seguro juntaron en el viaje.
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