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Villa Gesell, 2021
So riesgo de volverse fluidos perdiendo la materia del odio que los naturalizaba, se quedaron
en alguna parada del camino, olvidados y desorientados.
Al caer la tarde, los dos avanzaron a la orilla, juntaron raras caparazones, las sombras de sus
cuerpos depurados se juntaron y alargaron hasta mojarse en el mar.
Regresaron en un cuasi silencio, una pausa, un descanso a la verborragia. Quedaron en
encontrarse mañana a la tarde, en la playa que asomaba como la de los descubrimientos.
- Yo llevo una tortita picadura de abeja- dijo él
- ¿Qué tiene además del nombre que me intriga?- Mañana será un día dulce, es todo lo que te puedo adelantar. Chau Juliana- Chau EusebioLa picadura prendió, encendió calores que fueron fuego y pasadas semanas ausentes de
dudas, se juntaron con los trece del entorno, apretados en el carromato de títeres del seudo
registro civil.
Las dos Veras habían corrido el pequeño escritorio contra una pared buscando agrandar el
lugar, emocionadas levantaron al unísono la libreta gris, y no siendo duchas en la ceremonia
del casamiento balbucearon, tropezándose, palabras que creyeron alusivas. Desconcertadas
por la improvisación rodearon la mesa y besaron a los que hasta hace un rato eran los novios.
Nadie se preguntó sobre la legitimidad de una ceremonia donde no se leyeron las palabras
legales, eran enemigos de las palabras oficiales que aprisionaban, bichitos de luz clavando
antorchas, entre encendidas y apagadas, triunfadores o parias, a según se los mire, en la
perspectiva distinta que parte de puntos distintos, galeotes de ideologías que echaron anclas
en esta playa.
Los trece le entregaron una otra libreta de casamiento, hecha a mano, con la fecha del
calendario de Costa Suave, 21 de Septiembre del año 1. Más legítima que la traída por Vera
Angelus.
Se encendieron aplausos, vivaron a los novios, los abrazaron, y se abrazaron entre ellos como
si también se hubieran casado.
Calmado el alboroto cortaron la torta picadura de abeja que trajo Eusebio y que ninguno
conocía, salvo Juliana, que relató el segundo encuentro en la playa, hasta que dijo susurrando
-lo que puedo contar-. Sus cachetes se sonrojaron, Eusebio la atrajo y así se alejaron.
Caminando, bajo una garua que recién empezaba a mojar.
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