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11 cuentos muy breves / Alberto Naso
El acer escandinavo
En el jardín del fondo crece vivaz el acer escandinavo mientras me pregunto si existe el acer
escandinavo.
Tronco robusto, diáspora de ramas curvas y floreo de hojas, cientos, que ignoran mis dudas,
absortas en su mundo vegetal, de tierra, soles, lluvias. Certezas.
El nombre lo ponemos los humanos, para distinguir, citar, evocar, clasificar, y ser más eruditos.
La encrucijada en que me hallo es un dolor a sofocar, y camino en auxilio por la taxonomía,
esas redes semánticas sedientas de partes que conectan un concepto con otro, bifurcan y
acercan un nombre, sol mañanero, pretensión de iluminar
despejando densas neblinas
escondedoras, resistentes a mostrar una imagen del acer escandinavo.
Vuelvo a la ventana, allí está, con las manos opuestas en cada nodo de sus ramas, cinco dedos
amarillo amarronado en el comienzo del otoño, ofrenda al viento que las volará por el jardín,
desprendiendo el ropaje.
Cotorras picoteando ramas finas hasta quebrarlas, llevándolas en el pico en vuelo hacia el
nuevo nido.
Espera tensa, días que son semanas, semanas que son meses, conjetura del
regreso,
primavera de rojos, naranjas y carmines en la peripecia de nuevas hojas
Las sámaras aladas que volarán girando en las brisas, buscando distancias, sembrando
semillas, donando un acer hijo de hijos, nieto de nietos.
Desafiando olvidos de identidad en la taxonomía que nos inventamos.
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