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11 cuentos muy breves / Alberto Naso
Los libros eran fantasmas que merodeaban al atardecer de todos los días, y se colaban en las
noches, pidiendo ser ejercitados, viajando en elipses, al igual que los planetas de nuestro sol,
sin contaminarse , necesitados de perpetuarse, como especie, desafiando a los ambientalistas
que solo tenían ojos para la naturaleza, del valle, la montaña, el río.
Los antiguos amigos de la familia la visitaban los sábados a la tarde, con los años se
desgranaron de la vida; sus hijos, en las tenidas, se aburrieron del I-Chin y las runas, que
terminaban en un té con postres de crema y los frutos rojos que volvían del cultivo casero.
Escasos fueron los pasos que anduvieron el camino de tierra en los últimos meses, a las pocas
huellas se las llevó el viento de la indiferencia, echándolas de la morada de la colina de piedra
cada vez más negra.
Avanzó el tedio, maleza invasora, audacia del crataegus, colonizador de la biblioteca,
tempestividad claveteando espinas de fuego en su cruz sangrante de dudas.
Las rutas elípticas se aplanaron, cartas, dados, cristales, borra del café, se confundieron sobre
la carpeta blanca de la mesa redonda, el marasmo avanzó, desnudó sus ínclitas creencias, y
la arrojó fuera de la biblioteca.
Ahora Consuelo miraba la primavera en las flores del otro lado del río, sentada en un banco de
madera, a orilla de la cascada, el agua se llevaba su acontecido, la espuma le traía esperanzas
de la hidromancia, novel lenguaje detrás del lenguaje, y le rumoreaba amores, llegadas,
rupturas de la soledad.
Se irguió ceremonial, sacó de un bolsillo de su túnica blanca la llave labrada de la puerta de la
biblioteca hace un rato cerrada, reparó en ella retazos de su vida, en un movimiento lento la tiró
al río, los labios fundaron una sonrisa, giró, y volvió por el camino nuevo.
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