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Villa Gesell, 2021
Balenvantes
En un soplo del recuerdo me llega el momento de amasar balenvantes. Fideos de la niñez.
La grafía y el sonido asoman la duda atañente de si las dos veces el nombre se escribe con be
larga, como se suele decir, o con be labial, como la llamaban las maestras que tuve en la
escuela primaria, y mi madre que también era maestra.
El antiguo titubeo sigue a mi sombra y no lo pienso apagar, elijo una y una porque me gustan
los números impares.
Nombre de un argot familiar, sustancia y mito in pectore, inhallable en fatigosas búsquedas,
juguete de misterios, sin etimología validante, destinado al extravío, renació una noche de
búsqueda febril.
La receta vuelve rescatada en un pequeño papel amarillo encontrado en una caja de cartón
gris, guardián de evocaciones,
antesala de la revelación, en un silencio que disimula
esperanzas de retorno, plumerazo de olvidos.
Crece la tarde y una lluvia leve y persistente moja el patio y el jardín. La lluvia es condición
necesaria en el amasado de los balenvantes, externa a la receta, circunstancial,
fenomenológica, contextual, detonadora del momento.
En las tardes de lluvia, cuando no se podía potrear en el jardín, sobre la tabla de madera dura,
tarugada, en un volcán de sémola de trigo, ingresaban los huevos batidos, una nube de
parmesano rallado, el leve rocío blanco de la sal, y el verdor del abundante perejil picado fino.
En el hoy de la añoranza mis manos en el amasado viven cediendo alegría.
Después del reposo, de la masa estirada pellizco, al igual que en la infancia, las pequeñas
partes que en la imaginación llamaba estrellitas, distintas como si vinieran de múltiples cielos.
Reparo en mis manos arrugadas, de venas gruesas y saltonas, algo azules, tan diferentes a
las de la niñez, las apoyo en los brazos de la antigua silla mecedora, y mientras me impulso
alucino estar amasando balenvantes.
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