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Francisco RODRÍGUEZ VALLS
objetivamente en nada del resto de los seres biológicos. De hecho, parece concebirlo como si fuera una máquina cuyas partes, una a una, será posible sustituir
en un futuro más o menos inmediato: “Los humanos siempre mueren debido
a un fallo técnico. […]. Y cada problema técnico tiene una solución técnica”.10
Esa afirmación estaría fuera de lugar si al ser humano se le asignara algún tipo
de característica ajena a la materia, pero Harari argumenta que el ser humano
ni tiene alma inmortal ni es la mente o la conciencia individual lo que lo caracteriza de forma plena. Es coherente con los presupuestos que vimos en el
primer punto. El problema de este segundo libro es que, aparte de reiteraciones
innecesarias para los que hayan leído el primero, cae en sonoras contradicciones
cuando, sosteniendo que el ser humano es un ser natural, le atribuye características específicas que no son materiales. Afirma que el alma no existe porque los
científicos todavía no la han encontrado en los pliegues del cerebro, pero igualmente afirma que lo específico de lo humano como conquistador del mundo es
lo que llama una “cooperación flexible”. Además de no explicar suficientemente
esta categoría, cabría preguntarle: ¿en qué pliegue del cerebro se encuentra ese
tipo de cooperación? Y ante eso se guarda un silencio que truena ante los que
pensamos que la ciencia no es que todavía no haya encontrado esas realidades,
sino que, sencillamente, no las puede encontrar por su reducción expresa al
mundo natural. Sería como si pidiéramos a un ciego de nacimiento un análisis
exhaustivo del espectro cromático.
Pero la contradicción se agudiza cuando Harari introduce la ficción y la
realidad intersubjetiva como piedras angulares del triunfo de la humanidad sobre el resto del planeta. Los órdenes imaginados constituyen, entonces, lo más
humano de lo humano. Y he de darle la razón ya que, con ello, el autor descubre
una América ya descubierta desde hace siglos. No ha encontrado más que la
dinámica del hombre como ser simbólico, que es la fuente de donde nace toda
cultura. El ser humano no es tal porque construya herramientas, antes bien,
construye herramientas porque posee una sobreabundante capacidad de creación de símbolos. Pero no se trata solo de crear símbolos. También de comunicarlos estableciendo redes de sentido compartido. La herramienta está primero
en la mente del diseñador y después se convierte en cosa. Las instituciones
están primero en la mente del diseñador y después se convierten en estructuras
sociales. La dinámica de la cultura consiste en una humanización del mundo
que implica su transformación: la idea se posee y después se transforma material y espiritualmente la realidad. Contrariamente a las tesis que va enunciando,
de repente, se da un giro y del ser humano que era puramente natural y que se
reducía a biología y a puro algoritmo biológico11 se pasa a un ser que es capaz
de cambiar todo lo que tiene a su alrededor, incluso la propia biología. Dice así:
10 HARARI, Homo Deus, 34.
11 Cf. HARARI, Homo Deus, 101.
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