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Francisco RODRÍGUEZ VALLS
al ser humano el camino de salvación. Esto no evita que se convierta en institución y que, tras la Revelación, la institución haga por ser fiel intérprete de ella
y guardiana de los misterios. La revelación tiene la salvación como objetivo, no
la comprensión del mundo natural, ni tiene por qué estar a la vanguardia del
conocimiento y la investigación tecnológica. No es, sencillamente, su cometido.
Cosa distinta es que logre inspirar a muchos, como ha hecho a través de los siglos, para que promuevan la investigación y el conocimiento y que demuestren
con su vida y su actividad que son hijos de Dios y ejemplo del mundo.
Harari se empeña en sacar de la corriente cultural a la religión y a la religiosidad ya que cree que la religión es exclusivamente el estudio de la palabra antigua con el fin de controlar los avances de las realidades nuevas. Quizás sea así
en el judaísmo, lo dudo, pero lo desconozco. La religión institucional cristiana,
por ejemplo, ordena la gracia a través de la administración de los sacramentos
y lo hace con afán de servir a los hombres en la esencial tarea de transmitirles
un sentido divino a su existencia. El sentido del hombre viene de Dios y, especialmente, del Dios hecho hombre que es con quien se encuentra el cristiano.
Ese encuentro le lleva a la acción creadora en aras de transformar el mundo
para hacer de él y de sí mismo algo digno de Dios. Esa es la tarea del hombre.
El cristianismo como institución ha pasado por diferentes etapas que guardan
en sí episodios oscuros. Hay sombras en la blanca túnica de la Esposa de Cristo.
Pero no se puede discutir que ha transformado los tiempos y que muchos de
los artífices que han cambiado hacia mejor la institución transformándola eran
hijos de la propia institución. Hay que reconocer las sombras, pero es de justicia
también señalar las luces. La institución cristiana tiene muchos frutos de santidad y promueve otros muchos más. Como toda institución, la Iglesia tiene la
posibilidad de anquilosarse. Para evitarlo está siempre abierta a las realidades
nuevas para comprenderlas y para transmitirles su mensaje de salvación. Un
mensaje que puede implicar su transformación —en las formas y no en el contenido esencial del mensaje— y que cuenta para su transmisión con la miríada
de cristianos científicos, ingenieros, filósofos, escritores, artistas, poetas, etc. que
se convierten de hecho en instrumento de renovación y de transmisión de la
gracia. Los cristianos están en la corriente cultural del mundo, no son ajenos
a ella. La unidad entre el mundo, obra de Dios, y Dios mismo viene asegurada
por su unidad de vida: la forma en la que se une en sus corazones la actividad
profesional y de creación y la fe que profesan. El problema de Harari es que concibe que la religión es asunto de unos pocos controladores que imponen a los
demás sus puntos de vista y que la religión ya no es fuente de creación, sino que
es un producto meramente reactivo que cederá su lugar a los auténticos transformadores de la realidad. ¿Qué ocurre cuando entre los “demás” se encuentran
también los fieles que están llamados a ser la levadura del mundo en todos los
sentidos? ¿Qué ocurre cuando la religión no es solo asunto de sacerdotes o de
una casta elegida, sino que es asunto de los fieles? Si es así, es difícil que se pro-
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