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Francisco RODRÍGUEZ VALLS
no se entiende el fenómeno de la conciencia y las experiencias subjetivas aparecen como algo superfluo. Si la decisión es un conjunto de disparos neuronales
perfectamente medibles, ¿para que se necesita que además de esos disparos
exista una percepción subjetiva consciente? Sería duplicar las realidades. Pero
planteémoslo de esta forma: si la libertad y el yo son realidades biológicamente
inútiles es que no se reducen a ser disparos neuronales perfectamente medibles,
es decir, son distintas del cerebro. La mayoría de los filósofos de la mente está de
acuerdo con esta idea e, incluso Harari, llega a admitir:“Los científicos no saben
cómo un conjunto de señales eléctricas en el cerebro crea experiencias subjetivas.Y, lo que es más importante, tampoco saben cuál podría ser el beneficio evolutivo de semejante fenómeno”.14 Por lo que sabe la ciencia, la libertad y el yo
no tienen una función evolutiva, son productos extraños que quedan fuera del
paradigma darwinista15. El historiador israelí no saca las consecuencias debidas
de este conjunto de afirmaciones que conoce bien y prefiere ceñirse a otras, no
demostradas, que apoyan su argumento como si fueran verdades científicas y no
un conjunto de proposiciones todavía no verificadas.
Otra de las ideas claves de Harari, de la que tampoco sabe sacar consecuencias coherentes y marcha por argumentaciones diferentes, es la distinción entre
inteligencia y conciencia. El ser humano poseería ambas. Los nuevos adelantos
científicos e informáticos avalan esa idea: la conciencia no se limita a calcular
porque eso es lo propio de la inteligencia. Puede ser verdad que los organismos
biológicos sean algoritmos de decisión con los que se evalúan las respuestas a
dar en todas las situaciones conocidas o aprendidas. Pero de ninguna manera
puede decirse que la conciencia sea un algoritmo, luego, ¿puede decirse que la
conciencia tiene una explicación biológica? Y la respuesta, hasta el momento,
es que no porque contraviene la lógica de la propia evolución: la conciencia no
tiene por qué ser útil biológicamente hablando, pero dota a quién la posee del
dominio de sí y del control de todos los elementos que están a su alcance. En
ella estriba el éxito de la cultura humana y la singularidad humana.
Pero si la conciencia es biológicamente inútil, arguye Harari, ¿no será relegada por los instrumentos de cálculo que se manifestarán como más eficaces
que ella para luchar contra la enfermedad, la contaminación, las disputas y conflictos, etc.? Un robot inconsciente es mucho más preciso y rápido que un obrero
manual consciente. Podríamos diseñar robots que operasen nuestros cuerpos,
que produjesen todas las mercancías, que estableciesen de forma segura qué
preferimos en cada momento, etc. En este sentido, Harari hace una prospectiva hacia el futuro según lo que podemos decir de él. Presenta un conjunto
14 HARARI, Homo Deus, 128.
15 Esta idea está suficientemente expuesta en el breve y apasionante libro de Thomas NAGEL La
mente y el cosmos, Madrid, Biblioteca Nueva, 2014. He argumentado también en el mismo sentido en los seis primeros epígrafes del capítulo quinto de mi libro Orígenes del hombre. La singularidad del ser humano, Madrid, Biblioteca Nueva, 2017.
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