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BIOLOGÍA Y CULTURA. UNA DECONSTRUCCIÓN, DESDE UN PUNTO DE VISTA CRISTIANO, DE LA OBRA DE Y. N. HARARI
“Durante el siglo XXI es probable que la frontera entre la historia y la biología se
desvanezca, no porque descubramos explicaciones biológicas de los acontecimientos
históricos, sino más bien porque las ficciones ideológicas reescriban las cadenas de
ADN, los intereses políticos y económicos reescriban el clima, y la geografía de
montañas y ríos dé paso al ciberespacio. A medida que las ficciones humanas se
traduzcan en códigos genéticos y electrónicos, la realidad intersubjetiva engullirá
por completo la realidad objetiva, y la biología se fusionará con la historia”.12
Harari, al final, ha encontrado sin proponérselo aquello que gran parte de
la antropología realista, e incluso idealista de corte hegeliano, viene diciendo
desde hace mucho tiempo: el hombre es un ser espiritual, en el sentido de que
es creador de realidades y de mundos. El ser humano es trascendente, porque
trasciende la naturaleza de las cosas en otras nuevas y es capaz de configurar
sentidos de realidad nuevos. ¿Quiere decir esto que esas realidades son
débiles ontológicamente hablando? Todo lo contrario, en tanto que el poder
transformador configura el mundo material al antojo del espíritu, de acuerdo
con su voluntad soberana. Harari ha descubierto la singularidad humana.
Otra cosa, que es lo que está por ver, es que su singularidad le lleve y consiga
transformar su naturaleza con propósitos de asimilarse lo más que pueda a la
divinidad. ¿Necesariamente tiene esa divinización que llevar a lo post-humano?
La singularidad humana no garantiza que todo vaya a mejor. Lo humano
es libre en la aplicación de su poder. Ello implica la posibilidad de construir y la
de destruir, la del egoísmo y la del altruismo, la de usar el poder para el dominio
y para el servicio. El futuro es apertura y depende de cómo lo humano trace
su futuro. Y aquí Harari descubre la dinámica —él no la llama así— del espíritu: el espíritu se convierte en estructura y se institucionaliza. De esta forma,
como institución, viene a configurar un orden nuevo del mundo. Un orden que
es más real que las propias cosas materiales. Configurar un orden a menudo
ayuda a la gente porque les descubre muchos sentidos. También, a veces, las
destruye si ese sentido se quiere imponer por la fuerza. Ese es el riesgo de toda
institucionalización.
La función de la institución es ofrecer respuestas que han sido eficaces en
muchos momentos. Entre esas instituciones está la religión revelada y, aunque
su dinámica se configure como las otras, su origen está en un inicio completamente distinto a la invención humana. El origen de la religión es el encuentro
con Dios. Dios se manifiesta para transmitir al hombre un conjunto de verdades
respecto de su salvación y, en la medida en que lo necesita para ella, respecto
de la naturaleza del mundo. Incluso muchas de ellas son inaccesibles del todo
a su inteligencia natural. A las primeras se las conoce con el nombre de preámbulos de la fe, a las segundas con el de misterios. A la religión le es necesario el
misterio que le hace descubrir la autoridad divina y su capacidad para mostrar
12 HARARI, Homo Deus, 173.
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