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1984

Entonces llegaron los ojos de vidrio,
por voluntad de la impotencia.
No tenía ganas, pero sonreí al encargado del empalamiento.
Me llevó, presa de su guerra.
A veces me daba pena;
otras veces me daba el asco que surge
de tanto olor a muerto.
No me dolía el cuerpo, pero silbaba una serpiente
sin saber que su lengua era inmortal e infinita.
Dentro de mi oído.
Silbaba siempre.

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