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SEPULTURAS Y CAPILLAS PRIVADAS
Los Enterramientos
Hasta el año 1.834 el enterramiento en el recinto sagrado de la iglesia era
relativamente frecuente. Existía un solo impedimento que para la mayor
parte de las personas sencillas les resultaba materialmente imposible. Había
que pagar. Tal vez alguien pudiera pensar que se cometía una injusticia de
trato por aquella desigualdad. Pues no. Que hubiera sido mejor lo contrario,
que el acceso fuese para todos, nadie lo duda. Pero aquellos tiempos eran
los que eran. Tiempos de penuria y necesidad. Quienes recibían este trato
dejaban una carga a sus deudos que debían de saldar. Gratuitamente no se
hacía. Se pagaba una cantidad determinada con la que se satisfacía el
mantenimiento de la iglesia, la conservación del cementerio y la ayuda a
los más necesitados.
Cuando de por medio existe algún prejuicio, cualquiera actuación de la
Iglesia siempre está en tela de juicio negativo. Se tiende a ver mal. Claro,
es que desde un cristal turbio la realidad no se ve nunca clara; pero no
depende de ella sino del cristal con que se mira.
Este comentario me da la oportunidad para decir que hoy, el suelo del
cementerio, es gratuito para todas aquellas personas que tienen alguna
relación con la parroquia o con el pueblo. Sólo se paga el servicio religioso
de la Iglesia.
No sucede así con los cementerios civiles. Deben pagar por la sepultura
y a los cinco años si no se sigue pagado se levantan los restos.
A partir de la fecha señalada, su ocupación estaba muy restringida.
Primaba la salubridad de las personas y en casos muy concretos existía
alguna excepción, al tratarse de alguien muy destacado, bien por sus
virtudes, sus méritos, sus triunfos, su ciencia, y como denominador común
siempre por el testimonio cristiano de su vida en defensa de la Iglesia.
Referente a estos enterramientos dentro del recinto sagrado procede,
naturalmente, dejar constancia y apelo en lo sucesivo a tu buena
observación. Posiblemente, más de una vez, habéis entrado en una Iglesia
antigua y si te fijaste en su suelo, le viste de piedra, formando unas líneas
geométricas. Unas más anchas, otras más cortas. Alguna en forma de cruz,
según la función que tiene cada piedra para formar el hueco que debe
recibir el ataúd del difunto. Las piedras de cobertura estaban perforadas con
un pequeño orificio en el que se enganchaba una varilla de hierro cuya
misión permitía poder mover y levantar las piedras en el momento
indicado. Las otras piedras laterales constituyen el marco de la tumba.
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