el cristal de la parroquia y su mensaje.pdf

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Existen otras tantas maneras de expresar gráficamente la fe y su contenido. Hoy nosotros
queremos hacerlo desde estas vidrieras que estás contemplando y pretendemos presentarlo no desde
la ceguera sino desde la luz. La fe es igual a ver. Capaz de iluminar las tinieblas de nuestra
inteligencia. Con todo, a un siendo válido este procedimiento cuando se experimenta esta luz
cuentan menos los razonamientos humanos y se aprende que la fe no es ver para creer, sino creer
para ver, “que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón” (Ef 1, 18).
Empezamos contemplando las dos vidrieras del ábside, de la derecha y de la izquierda. Debes unir
ambas y lo hacemos mentalmente con un poco de imaginación. Unidas por la parte superior nos
ofrecen la imagen de una bóveda celeste de color blanco. De luz. Y que procede de la misma
creación para hablarnos de Dios. En sintonía con lo que dice San Pablo a los Romanos “lo invisible
de Dios se hace visible a través de sus obras, de manera que son inexcusables, por cuanto,
conociendo a Dios le glorifiquen” (Rom 1, 21 ss).
A su vez esta bóveda atravesada de arriba abajo por un potente rayo de luz desprendido del disco
dorado, imagen de Dios, es la Palabra personal, encarnada en Jesucristo de Nazaret que se
autocalifica “Yo soy la luz, quien me sigue no anda en tinieblas” (Jn 8, 12). La aceptación de esa luz
es lo que llamamos fe.
Todo esto se recoge dentro del círculo expositor con un fondo oscuro de color azul y que nos
muestra en contraste la doble realidad de la oscuridad y de la luz.
Esta vidriera está inspirada en la conversión de San Pablo, camino de Damasco persiguiendo a los
cristianos. Cae del caballo y un rayo de luz le envuelve, a la vez que se oye esta alocución de Dios:
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hch 9, 4). Alcanza su conversión y su vida se transforma
en entrega a Dios. De ahora en adelante se llamará Pablo, dejará de ser el perseguidor de los
cristianos para ser su Apóstol, de cegador de la luz en antorcha viviente de ella.
Esta luz de la fe ha llegado a cada uno de nosotros de una manera sencilla, nada espectacular, casi
con toda seguridad de la mano de una familia cristiana. No por ello inferior e igual de grande en su
origen como don de Dios y también en sus efectos. Dirá San Juan a quienes recibieron esa luz
encarnada que les da potestad de ser “hijos de Dios” (Jn 1, 12). Eso sí, hay diferencia en su medida.
Será de grande cuanto sea de grande nuestra entrega.
En nuestras manos está el que se encienda esa luz mediante este dispositivo maravilloso y
misterioso que llamamos fe, siempre con la consiguiente petición: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17,
5). Accionar humildemente esa llave, desde la humildad, la bondad de nuestro corazón hará posible
aquella recomendación del Señor: “Tened encendidas las lámparas” (Lc 12, 35).
Gracias a ella podemos ver que todo tiene sentido en la vida y que resulta hasta bonita porque se
ve mejor, no tan plana sino con relieves. No se trata de cambiar la realidad para verla del color que a
nosotros nos gusta sino mirarla de otra manera, desde Dios. Ver con los ojos de la fe es ver con los
ojos de Dios.
Te recuerdo algunos puntos concretos: gracias a la fe conocemos los presupuestos morales que
deben orientar nuestra vida. Porque no todo es igual y porque no todo vale.
Gracias a ella se valora en su justa medida hasta dónde llega lo nuestro, bien sea relacionado con
el cuerpo, con las cosas o los demás.
Gracias a la fe, los interrogantes más grandes del ser humano tienen una respuesta cabal, como son
la vida, el dolor, la muerte y lo que hay después...
Gracias a ella ese mal entendido del silencio de Dios, que nos hace sufrir en el dolor de los
inocentes nos sirve de luz remitiéndonos AL GRAN INOCENTE, CRISTO JESÚS.
Finalmente no te olvides de la recompensa que lleva en palabras del Señor Jesús: “Dichosos los
que sin haber visto creen” (Jn 20, 29).
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